Qué buenos los anuncios stop motion de lotería nacional, ¿verdad? ¿cómo se les habrá ocurrido esa idea tan buena?
Ah, espera, que a lo mejor no se les "ocurrió"
viernes 16 de octubre de 2009
miércoles 9 de septiembre de 2009
Para empezar
Para R y B
Fui la primera en llegar - mesa para tres, por favor- y me senté a esperarlas.
Aquello recordaba tanto a nuestra comida semanal que era la comida semanal, aunque hiciera más de siete meses que no nos sentáramos las tres a comer un menú y arreglar el mundo en la hora de libertad, condicional y vigilada, que nos daban en el trabajo.
Todo había empezado porquesí. R y yo trabajábamos muy cerca, tanto que nos podíamos permitir incluso rescates de almuerzo diarios, y era un verdadero respiro encontrar a una amiga, escucharla, incluso olerla, en medio de aquella zona gris de torres de oficina y puertas de servicio. B trabajaba un poco más lejos, pero se consentía, algunas veces, bajar unas paradas de metro para comer con nosotras. Solía ser un mensaje a eso de las 11 de la mañana
- Chicas ¿comemos juntas?
Y comíamos. Y aquello se convertía en un ritual improvisado, evitábamos los restaurantes que frecuentaban los compañeros, tomábamos cañas, nos contábamos las miserias, por orden, y nos cuidábamos, y volvíamos a la oficina un poco borrachas y con superpoderes. Qué suerte.
En realidad, era todo una ceremonia orquestada y premeditada por B, que tenía turno de tarde y había decidido que necesitaba un cónclave semanal para sobrevivir sin las cañas de después del trabajo. A nosotras nos hacía mucha gracia lo en serio que se lo tomaba: el almuerzo semanal era irreductible, irrenunciable, insustituible.
Fue en uno de esos almuerzos que nos dijo que se iba, B.
En Madrid todo el mundo se está yendo todo el tiempo, así que no nos lo tomamos muy en serio. Hasta que se fue. Y luego yo dejé el trabajo en el barrio de los hombres grises, y R quedó abandonada a su suerte y se apuntó en clases de francés.
Por eso aquel almuerzo, una vida después, tenía algo de excepcional y todo de cotidiano.
R llegó enseguida, pero yo estaba al teléfono, así que no le hice mucho caso hasta que colgué, y era ella la que estaba al teléfono. Fue entonces cuando le vi la tristeza y los ojos colorados.
Crisis, no pasa nada, qué suerte de almuerzo semanal.
B llegó como un remolino, se sentó y empezó a hablar sin advertir los ojos colorados ni las caras de consternación. Cuando la informamos de la crisis, escuchó atenta todos los detalles que R podía relatar, entre sollozos, mientras daba largos sorbos a la cerveza y se lllenaba la boca de papas con alioli.
Tras una breve pausa nos miró, agitando de un lado a otro la cabeza, para por fin sentenciar, solemne, definitiva:
- Mira, él lo que necesita es comer más fruta y más verdura, para empezar.
A veces no sabe uno lo que mucho que echa algo de menos hasta que lo tiene delante.
miércoles 2 de septiembre de 2009
No es sólo cuestión de suerte
Gracias una vez más a mi To y la sala de conciertos que me monta en Casa Lavapiés de cuando en cuando.
viernes 24 de julio de 2009
viernes 22 de mayo de 2009
En días como hoy: 6 escenas y un epílogo.
Escena primera: habitación desordenada, la única luz llega a la estancia a través de las rendijas que deja la persiana.
La chica mira el reloj y decide que ya que está despierta, se va a al trabajo, aunque sea pronto y aún no hayan pasado ni 5 horas desde que se acostó. A continuación la chica se incorpora y nota un fuerte dolor de cabeza y una maullido insistente como únicos signos de la vida en la tierra y se dirige, resuelta, a la cocina.
Escena segunda: la cocina. Al otro lado del patio, un hombre en calzoncillos escruta el cielo preguntándose si realmente hace tanto calor como parece. En el suelo, la gata insiste en sus requerimientos.
La chica echa comida en el cacharro de la gata como quien apaga el despertador: para que se calle. Prepara la cafetera. Descubre enseguida que a la cafetera hay que ponerle café. Echa en el fregadero el agua hirviendo y la prepara de nuevo quemándose las manos. La pone al fuego y descubre enseguida la utilidad de la tapa de la cafetera cuando está cerrada. Limpia los azulejos blancos, echa un poco de leche fría y desayuna.
Escena tercera: Patio del edificio. La chica sale a la calle con su vestido de verano y sus cholas y se encuentra en el ascensor con su vecino de enfrente. Descubre que su vecino de enfrente conoce perfectamente sus horarios, lo que le causa una leve inquietud. Luego descubre que la primavera en Madrid nunca acaba de llegar del todo e intenta subir a abrigarse un poco mientras su vecino trata de retenerla en la calle alegando el calor que hace, mujer.
Escena cuarta: Entrada de la casa. La chica descubre que su casa tiene un peaje consistente en 5 granos de pienso, y que da igual que acabe de salir y te acabe de poner. Descubre también que la ropa no se lava sola.
Escena quinta: Quiosco de la esquina. La chica se dispone a comprar el periódico al señor ese que nunca le quiere dar una bolsa. En capítulos anteriores le ha dicho que es alérgica a la tinta, que por favor le de una bolsa, aunque sea usada. La chica dice esto porque ha percibido que el señor del quiosco lleva guantes, y que va a empatizar sin remedio. El señor le ha dado una del Día y del Carrefour, respectivamente. Hoy, sin embargo, el periódico viene en una preciosa bolsa de tela con asas trenzadas de cuerda, lo que hace que la chica entregue los diez euros y reciba la vuelta y eche la vuelta en el monedero cargado de tickets y bonos de metro usados sin dejar de mirar su preciosa bolsa del periódico reutilizable. Por pura intuición mira la cartera. No hay billetes. Dio diez euros, el periódico vale unodiez, sólo tiene dos euros y pico. La chica es de letras pero hasta ahí llega. La chica se dirige entonces al señor del quiosco y descubre dos cosas: 1. En los quioscos no se hace caja, por lo que es imposible saber si recibió o no los 5 euros; 2. Que el señor del quiosco al que no le gusta dar bolsas no es tan malo.
Escena sexta: Calle-de-camino-al-trabajo. La chica descubre que los señoras y señores jubilados pueden llegar a ser muy estrictos e incluso agresivos cuando se trata de la fila de la guagua. La chica camina con pasos muy largos, deseando con todas sus fuerzas que este post se termine justo aquí.
Escena final: la chica llega al trabajo, mira alrededor, analiza el percal y descubre, resignada, que hay días en los que este post no se acaba. Nunca.
martes 12 de mayo de 2009
El mayor de mis tesoros
Madrid era el cielo.
Él era infinitamente tímido y delgado y nunca la miraba directamente a los ojos. Ella le contagiaba el entusiasmo de trasnochar y no ir nunca a clase. Volvían a casa tarde y despeinados, imaginando lo que pasaba dentro de las buhardillas iluminadas de La Latina.
- Algún día viviremos juntos en una buhardilla y tendremos un gato y un tocadiscos y un montón de libros desordenados. Deberíamos vivir juntos, nos llevaríamos bien.
Madrid era París, era Buenos Aires.
Él tenía ojos tristes y azules y caminaba mirando al suelo.
Contaba bajito historias imposibles en algún idioma desconocido.
Ella, los ojos de par en par, lo miraba nerviosa, impaciente, buscándolo tras el cristal.
Una tarde fría de aquel primer invierno ella cumplió 23 y no tenía tiempo que perder.
Madrid era París y era una fiesta.
Él apareció puntual y sacó del bolso un disco viejo, un disco usado, gastado de escucharlo.
- Es mi disco favorito - Dijo, mirándola a los ojos para que lo entendiera todo. Siempre ha sido un hombre de pocas palabras - Te lo regalo.
- Es mi mejor regalo- dijo ella, sinceramente, pero sin saber realmente hasta que punto lo era.
Luego fueron dos, y se fueron a vivir juntos, y llenaron la casa de libros, que ella se encargó de desordenar, y adoptaron un gato, y siguieron gastando el disco, y compraron otros, e incluso fueron a escucharlo en directo, y supieron que todo aquello tenía algún sentido, aunque no creyeran demasiado en los sentidos ocultos de las cosas que en sí mismas significan tanto.
¿qué haría mi animal si no supiera interpretar todas mis formas de mirar?
Hoy Madrid sólo es Madrid y está oscuro.
(Enlace)
Él era infinitamente tímido y delgado y nunca la miraba directamente a los ojos. Ella le contagiaba el entusiasmo de trasnochar y no ir nunca a clase. Volvían a casa tarde y despeinados, imaginando lo que pasaba dentro de las buhardillas iluminadas de La Latina.
- Algún día viviremos juntos en una buhardilla y tendremos un gato y un tocadiscos y un montón de libros desordenados. Deberíamos vivir juntos, nos llevaríamos bien.
Madrid era París, era Buenos Aires.
Él tenía ojos tristes y azules y caminaba mirando al suelo.
Contaba bajito historias imposibles en algún idioma desconocido.
Ella, los ojos de par en par, lo miraba nerviosa, impaciente, buscándolo tras el cristal.
Una tarde fría de aquel primer invierno ella cumplió 23 y no tenía tiempo que perder.
Madrid era París y era una fiesta.
Él apareció puntual y sacó del bolso un disco viejo, un disco usado, gastado de escucharlo.
- Es mi disco favorito - Dijo, mirándola a los ojos para que lo entendiera todo. Siempre ha sido un hombre de pocas palabras - Te lo regalo.
- Es mi mejor regalo- dijo ella, sinceramente, pero sin saber realmente hasta que punto lo era.
Luego fueron dos, y se fueron a vivir juntos, y llenaron la casa de libros, que ella se encargó de desordenar, y adoptaron un gato, y siguieron gastando el disco, y compraron otros, e incluso fueron a escucharlo en directo, y supieron que todo aquello tenía algún sentido, aunque no creyeran demasiado en los sentidos ocultos de las cosas que en sí mismas significan tanto.
¿qué haría mi animal si no supiera interpretar todas mis formas de mirar?
Hoy Madrid sólo es Madrid y está oscuro.
(Enlace)
lunes 9 de marzo de 2009
Una de vaqueros (reloaded)
En la sala de espera apenas seis personas aguardan que se abra la puerta de la consulta número cinco. Suena el picaporte y todos miran el vano. La bata blanca asoma, una pequeña señal con la cabeza, y el siguiente, que sabe que lo es, entra en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Una mujer, tiene una minifalda vaquera, unas medias de rejilla, unas botas con pelo sintético en el borde superior. No tiene edad para la minifalda, aunque quién sabe. Su cara dice que está cansada y que lo disimula. Su cuerpo permanece prundente, replegado sobre sí mismo.
A su lado, un hombre. Pantalones y camisa abierta hasta el tercer botón, cadena y cruz de oro, botas de la misma tienda de las de ella, tal vez por una oferta lleva dos y paga una y media.
De rejilla.
Están juntos, se nota, aunque cada uno respete escrupulosamente el espacio vital del otro. Se nota por la complicidad prudente, silenciosa. De pronto un niño entra en la escena, sube las escaleras corriendo, y corriendo llega hasta donde está el hombre, frenándose justo al final y cambiando la expresión cuando ve que la mujer le acompaña. Saluda al hombre, con un beso, sin dejar de mirarla. Luego saluda a la mujer, con un beso que ella alarga en una atrevida efusión sobre la pequeña mejilla, pero que corta en cuanto nota la resistencia corporal del pequeño. Este, una vez libre, se apresura a sentarse lejos, frente al hombre, en silencio y sin dejar de mirarla.
- Estás colorado, ¿Estuviste corriendo?
- Sí
- ¿Sí? ¿A qué jugaste?
- Al fútbol
- Qué bien
- Sí
La conversación es entre ellos. Mientras, la mujer permanece en silencio, con una sonrisa complaciente. El niño contesta a su padre sin dejar de mirarla, de reojo. Ella, incómoda, mira para otro lado, se coloca las medias, me mira a mí, me sonríe, mira la puerta cerrada y otra vez a mí, y cuando vuelve a la escena allí sigue la mirada, clavada sobre ella.
- ¿Tienes tareas para mañana?
- Sí
- ¿Qué tienes que hacer?
El niño abre la mochila azul, saca un libro forrado del Barco de Vapor y se lo da a su padre.
- ¿Todo esto te tienes que leer?
- No, sólo un poco
- ¿Hasta dónde? - Dice el padre, con el libro abierto en sus manos, sin moverlo. El niño duda - Ven, siéntate aquí y dime- El niño se levanta, sin soltar el asa de la mochila abierta, y mira a la mujer a la vez que se desplaza, muy despacio y sin darle la espalda, y se sienta al lado del hombre, al otro lado.
Ella me mira de nuevo y me regala una sonrisa triste, disculpándose. Yo se la devuelvo.
Suena por fin el picaporte y ella mira la puerta con un pequeño brinco, expectante, como un perro que espera que sea su dueño el que sube en el ascensor. La bata blanca le hace la señal y ella se levanta y va hacia la luz fluorescente, cojeando, arrastrando una de las piernas de rejilla, sin mirar al hombre, ni al niño, ni a mí, y cierra la puerta tras de sí como si no quisiera volver a abrirla.
El niño sonríe y suelta un suspiro. Un soplo sobre el cañón humeante de su revólver.
Una mujer, tiene una minifalda vaquera, unas medias de rejilla, unas botas con pelo sintético en el borde superior. No tiene edad para la minifalda, aunque quién sabe. Su cara dice que está cansada y que lo disimula. Su cuerpo permanece prundente, replegado sobre sí mismo.
A su lado, un hombre. Pantalones y camisa abierta hasta el tercer botón, cadena y cruz de oro, botas de la misma tienda de las de ella, tal vez por una oferta lleva dos y paga una y media.
De rejilla.
Están juntos, se nota, aunque cada uno respete escrupulosamente el espacio vital del otro. Se nota por la complicidad prudente, silenciosa. De pronto un niño entra en la escena, sube las escaleras corriendo, y corriendo llega hasta donde está el hombre, frenándose justo al final y cambiando la expresión cuando ve que la mujer le acompaña. Saluda al hombre, con un beso, sin dejar de mirarla. Luego saluda a la mujer, con un beso que ella alarga en una atrevida efusión sobre la pequeña mejilla, pero que corta en cuanto nota la resistencia corporal del pequeño. Este, una vez libre, se apresura a sentarse lejos, frente al hombre, en silencio y sin dejar de mirarla.
- Estás colorado, ¿Estuviste corriendo?
- Sí
- ¿Sí? ¿A qué jugaste?
- Al fútbol
- Qué bien
- Sí
La conversación es entre ellos. Mientras, la mujer permanece en silencio, con una sonrisa complaciente. El niño contesta a su padre sin dejar de mirarla, de reojo. Ella, incómoda, mira para otro lado, se coloca las medias, me mira a mí, me sonríe, mira la puerta cerrada y otra vez a mí, y cuando vuelve a la escena allí sigue la mirada, clavada sobre ella.
- ¿Tienes tareas para mañana?
- Sí
- ¿Qué tienes que hacer?
El niño abre la mochila azul, saca un libro forrado del Barco de Vapor y se lo da a su padre.
- ¿Todo esto te tienes que leer?
- No, sólo un poco
- ¿Hasta dónde? - Dice el padre, con el libro abierto en sus manos, sin moverlo. El niño duda - Ven, siéntate aquí y dime- El niño se levanta, sin soltar el asa de la mochila abierta, y mira a la mujer a la vez que se desplaza, muy despacio y sin darle la espalda, y se sienta al lado del hombre, al otro lado.
Ella me mira de nuevo y me regala una sonrisa triste, disculpándose. Yo se la devuelvo.
Suena por fin el picaporte y ella mira la puerta con un pequeño brinco, expectante, como un perro que espera que sea su dueño el que sube en el ascensor. La bata blanca le hace la señal y ella se levanta y va hacia la luz fluorescente, cojeando, arrastrando una de las piernas de rejilla, sin mirar al hombre, ni al niño, ni a mí, y cierra la puerta tras de sí como si no quisiera volver a abrirla.
El niño sonríe y suelta un suspiro. Un soplo sobre el cañón humeante de su revólver.
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Paula Roth,
Pura coincidencia
El libro rojo
Derramó su mirada por entre los libros del primer puesto, que era el último, el más cercano a la avenida grande. Los miró sin fijarse en ninguno en concreto, esperando que alguno de los títulos se levantara del lomo y le hiciera señales. Avanzaba por el puesto a contracorriente sin atender demasiado a los empujones y las caras de desprecio, aunque pareció reaccionar ante la carraspera de un señor bajito que le recordó, lúcidamente, a la primera tos que recibió al quedarse quieta en la parte izquierda de las escaleras del metro. Dio dos pasos atrás, resignada, y se quedó un minuto observando como la ordenada masa de compradores potenciales se abalanzaba sobre el mostrador del puesto 72, eso sí, en perfecta sintonía.
Se puso a la cola de la caseta por el lado correcto y continuó con su mirada distraída sobre los libros, sin soltar su monedero dentro del bolsillo de la chaqueta, dónde guardaba los 50 euros que desde hacía una semana estaban esperando que empezara la feria para comprarse libros viejos sobre cosas extrañas, manuales de plantas medicinales y afrodisíacas o antologías de poemas con anotaciones en los márgenes y dedicatorias de amor en la primera página. Aún tenía en la mesilla aquel ejemplar amarillento de Trilce con una breve acotación al principio “A Mariela”. Le faltaban algunas páginas y tenía manchas de café, subrayados y anotaciones crípticas por todas partes. Pero aquello… “A Mariela” ¿Cuántas personas podrían llamarse Mariela? No es en absoluto común, sí lo es Marieta, o Marisa, pero Mariela, Mariela, era ella, Maria Elena Fernández Díaz, y la misteriosa destinataria del libro de Vallejo, la Mariela que tomaba café y escribía en los márgenes con bolígrafo negro.
Avanzando en la fila, observando vagamente los libros entre las manos de los mirones que los zarandeaban, buscaban fechas, marcas de primeras ediciones, valores de coleccionista en los ejemplares, se dio cuenta de que sólo se detenía en los libros de cubierta roja. Trató de evitarlo, empezó a buscar libros azules, blancos o verdes, colecciones en ocre o en negro mate. Pronto se resignó. Era una señal, sin duda. Sus manos pasaron a la acción, y olvidando el monedero y el bolsillo de la chaqueta empezaron a toquetear todos los libros rojos de aquel puesto, y luego del siguiente, y del otro buscando quién sabía que, desde luego no ella, que se convirtió de pronto en una de esas viandantes tísicas que carraspeaba para adelantar puestos en la búsqueda feroz de las cubiertas rojas. Manoseó libros de cocina, manuales de literatura, novelas rosa, jardinería, fotografía, y de pronto lo entendió todo. El libro rojo de Gerard Melié ¿Cómo no se había dado cuenta? El mismo libro que un tipo enorme con barba negra, ojos negros y camisa azul sujetaba en sus manos mientras buscaba vete a saber qué entre sus páginas. Era ese, ¡tenía que ser ese! Era rojo, rojísimo, y recordaba haber oído algo sobre él en algún lugar, era un manual muy interesante sobre algo anómalo, fantástico, justo lo que ella buscaba. Seguro tendría anotaciones de alguien que supiera mucho, mucho de ese tema tan interesante y necesario para su aprendizaje personal “Maria Elena Fernández Díaz, experta en (seguro tendría un nombre esdrújulo esa disciplina tan fantástica) se lo debe todo a un ejemplar del libro rojo de Gerard Melié que encontró en un puesto de viejo, una tarde de abril”. Tenía que ser suyo. Se puso de puntillas e intentó arrebatarle el libro a aquel señor enorme que la observaba con curiosidad, casi con simpatía, pero sin soltarlo. Probó pellizcándole la barriga, con lo que el hombre se retorció y ella aprovechó para tirarle del pelo de la barba. El librero intentó poner orden mientras todos los compradores potenciales se ordenaban armoniosamente en un círculo de curiosos. Entonces el señor enorme de barba y ojos negros se estiró su camisa azul y le entregó el libro condescendiente, “Tranquila, sólo lo hojeaba” añadió, y mientras ella se aferraba con fuerza al enorme libro rojo, él se dirigió al tendero que lo miraba agradecido. “La verdad que quería hacerle una consulta personal, busco un libro en concreto” dijo a la mirada entregada del librero, mientras el coro de curiosos se disolvía pacíficamente y ella se llevaba orgullosa su libro rojo, aunque de cerca no parecía tan interesante. “Sé que lo vendieron de segunda mano hace años… Es un ejemplar de Trilce”
Se puso a la cola de la caseta por el lado correcto y continuó con su mirada distraída sobre los libros, sin soltar su monedero dentro del bolsillo de la chaqueta, dónde guardaba los 50 euros que desde hacía una semana estaban esperando que empezara la feria para comprarse libros viejos sobre cosas extrañas, manuales de plantas medicinales y afrodisíacas o antologías de poemas con anotaciones en los márgenes y dedicatorias de amor en la primera página. Aún tenía en la mesilla aquel ejemplar amarillento de Trilce con una breve acotación al principio “A Mariela”. Le faltaban algunas páginas y tenía manchas de café, subrayados y anotaciones crípticas por todas partes. Pero aquello… “A Mariela” ¿Cuántas personas podrían llamarse Mariela? No es en absoluto común, sí lo es Marieta, o Marisa, pero Mariela, Mariela, era ella, Maria Elena Fernández Díaz, y la misteriosa destinataria del libro de Vallejo, la Mariela que tomaba café y escribía en los márgenes con bolígrafo negro.
Avanzando en la fila, observando vagamente los libros entre las manos de los mirones que los zarandeaban, buscaban fechas, marcas de primeras ediciones, valores de coleccionista en los ejemplares, se dio cuenta de que sólo se detenía en los libros de cubierta roja. Trató de evitarlo, empezó a buscar libros azules, blancos o verdes, colecciones en ocre o en negro mate. Pronto se resignó. Era una señal, sin duda. Sus manos pasaron a la acción, y olvidando el monedero y el bolsillo de la chaqueta empezaron a toquetear todos los libros rojos de aquel puesto, y luego del siguiente, y del otro buscando quién sabía que, desde luego no ella, que se convirtió de pronto en una de esas viandantes tísicas que carraspeaba para adelantar puestos en la búsqueda feroz de las cubiertas rojas. Manoseó libros de cocina, manuales de literatura, novelas rosa, jardinería, fotografía, y de pronto lo entendió todo. El libro rojo de Gerard Melié ¿Cómo no se había dado cuenta? El mismo libro que un tipo enorme con barba negra, ojos negros y camisa azul sujetaba en sus manos mientras buscaba vete a saber qué entre sus páginas. Era ese, ¡tenía que ser ese! Era rojo, rojísimo, y recordaba haber oído algo sobre él en algún lugar, era un manual muy interesante sobre algo anómalo, fantástico, justo lo que ella buscaba. Seguro tendría anotaciones de alguien que supiera mucho, mucho de ese tema tan interesante y necesario para su aprendizaje personal “Maria Elena Fernández Díaz, experta en (seguro tendría un nombre esdrújulo esa disciplina tan fantástica) se lo debe todo a un ejemplar del libro rojo de Gerard Melié que encontró en un puesto de viejo, una tarde de abril”. Tenía que ser suyo. Se puso de puntillas e intentó arrebatarle el libro a aquel señor enorme que la observaba con curiosidad, casi con simpatía, pero sin soltarlo. Probó pellizcándole la barriga, con lo que el hombre se retorció y ella aprovechó para tirarle del pelo de la barba. El librero intentó poner orden mientras todos los compradores potenciales se ordenaban armoniosamente en un círculo de curiosos. Entonces el señor enorme de barba y ojos negros se estiró su camisa azul y le entregó el libro condescendiente, “Tranquila, sólo lo hojeaba” añadió, y mientras ella se aferraba con fuerza al enorme libro rojo, él se dirigió al tendero que lo miraba agradecido. “La verdad que quería hacerle una consulta personal, busco un libro en concreto” dijo a la mirada entregada del librero, mientras el coro de curiosos se disolvía pacíficamente y ella se llevaba orgullosa su libro rojo, aunque de cerca no parecía tan interesante. “Sé que lo vendieron de segunda mano hace años… Es un ejemplar de Trilce”
Cero
Lo de las sesiones de meditación había sido idea de María, que estaba harta de no poder dormir conmigo cuando se quedaba en casa. A mí todo aquello me parecía una soberana estupidez. El centro tenía un nombre impronunciable que, según me contaron, significaba “el flujo liberador” en algún idioma inventado. Empezaron por enseñarme las nociones básicas de relajación.
- Soy consciente del espacio que ocupa el dedo pulgar de mi pie derecho, y si noto alguna tensión la voy a dejar fluir…
Era instantáneo, pensar en el dedo gordo de mi pie derecho y que empezara a picarme como si se fuera a caer a cachos. Tenía que sacar los pies de las babuchas blancas de tela y rascarme disimuladamente, bajo la mirada acusadora de una gran variedad de señores encorbatados en bata blanca. Hasta en bata blanca se les veía la corbata.
- Hermano Alejandro –decía la voz mantenida, impertérrita del maestro– debes dejarte fluir ¿qué te ocurre?
- Me pica. El dedo…
- Hermano Alejandro –repetía, ahora autoritaria– debes dejar fluir ese picor, debes asumir esa sensación y dejarla que Sea sin más condicionantes, dejar que tu cuerpo hable. Todos juntos: “Soy consciente del espacio que ocupa mi nalga derecha, y si noto alguna tensión...”
El maestro también atendía a cada hermano individualmente, y yo le había contado, por encima, lo de mi insomnio.
- No puedo dormir.
- Ajá– el maestro, que se llamaba Carlos, según vi en la hoja de inscripción, me miraba expectante. Era feo, demasiado feo para no levantar sospechas.
- No puedo dormir. Sólo eso.
- Nunca es sólo eso– su cara de complacencia era tal que uno nunca sabía si estaba tocado por la divinidad o simplemente era gilipollas. –¿Ansiedad?
- No, sólo que no duermo.
- Bueno, busquemos entonces alguna solución parcial hasta que podamos tocar las teclas adecuadas.
- ¿Qué teclas?– La pregunta llegó demasiado tarde; el maestro, pulcramente ataviado con su toga color crudo atada con un cordón dorado a la cintura, ya había depositado sobre la mesa una caja de trastos, de la que extrajo con orquestada parsimonia una serie de cartulinas blancas. En cada cartulina estaba escrito un número en negro, letra de molde. Colocó frente a mí la cartulina correspondiente al número 100.
- ¿Qué te sugiere, Hermano?– Me vi a mí mismo por un instante, con aquella bata blanca, blanquísima, las babuchas a medio quitar. Parecía que acababa de salir de la ducha. Me pregunté entonces por qué la indumentaria del maestro era crema, y no blanca, y supuse que para que hiciera juego con el cordón dorado. –¿Hermano?
- Eh, no sé...
- 100– el maestro respiró hondo –significa la totalidad, el todo. El primer número completo.
- Ajá.
- Así que quiero que observes en esta cartulina la totalidad, la totalidad de tu vida, tus problemas, todo lo que te preocupa– El maestro guardó silencio un minuto, respetando mi supuesta concentración. –Y ahora– dijo, retirando lentamente la cartulina de la totalidad y dejando al descubierto un bonito 99 en letra de molde– quiero que te despojes de ellos, a medida que yo cambie los números, que los dejes fluir.
- Como el picor.
- Sí, como el picor –dijo, satisfecho– al fin y al cabo estas ansiedades también son eso, ¿no? Picores.
- Yo no tengo ansiedad. Sólo insomnio–. Odiaba las metáforas. Y más si se referían a mi vida.
- En cualquier caso –contestó, como si no me hubiera escuchado– debes repetir esta operación, mentalmente, cada noche–. Asentí respetuoso, y asistí al ritual obediente, pero no tuve ninguna revelación. Al acabar, el hermano - maestro o lo que fuera se alongó en la mesa y me tomó del brazo. –Hermano Alejandro, si consigues contactar contigo mismo, si realmente tienes fe, esto puede cambiar tu vida–. Le olía el aliento a pepino.
Me mandó a casa con las instrucciones en una libretita y un cd de música de delfines. La misma música que, por la noche, sonaría en mi cuarto mientras yo, harto de dar vueltas y vueltas en la cama, me hacía consciente de cómo me picaban todos las partes del cuerpo en las que pensaba. Una vez asumí el espacio que ocupaba en la cama el último pelo de mi sobaco, comencé a visualizar el número 100. La totalidad de mi vida estaba tras una puerta de mi mente, amontonada, aporreando, y yo no estaba seguro de querer abrirla. “Voy a dejarme fluir”– pensé, en un acto insólito de fe. Y eso hice.
(99) Allí no pasaba nada. (98) Aquello parecía tan absurdo como en presencia del jarecrisna posmoderno. (97) De pronto María entró en la habitación y se sentó a oscuras en la cama. (96) María no podía estar en la habitación porque acababa de hablar con ella y estaba en su casa, (95) en la cama, y con voz de dormida. (94) Además, María no tenía llaves de mi casa. (93) A ambos nos parecía demasiado pronto para eso. (92) Sin embargo el culo de María parecía estar levemente apoyado en mi pierna izquierda. (90) “¿María?” (90) “¿Qué haces aquí?” (89) “Alejandro, en realidad yo no sé lo que quiero...” (88) No parecía oírme (87) “o si te quiero, yo... necesito tiempo” (86) “¿Qué?” (84) “Además, el otro día… ¿Te acuerdas de Moisés?” (83) Un fuerte golpe interrumpió su discurso (82) “¿Quién anda ahí?” (81) Estaban dentro, (80) podía sentirlos caminar por el pasillo. (79) Estaban dentro y habían entrado por la ventana del salón, (78) siempre supe que tenía que haber hecho algo con esa ventana. (77) Pude ver dos sombras avanzando por el pasillo (76) “¡Quién anda ahí!” (75) Una tercera sombra entró en la habitación (74) “Perea, ¿ha traído el informe de cuentas?” (73) Si María no podía tener el culo apoyado en mi brazo en ese momento, mi jefe no podía estar hablándome de pie junto al cabecero de la cama, (72) sin embargo, insistió: (71) “Perea, ¡conteste!” (70) “Estoy harto de sus desplantes” (69) “Le veré en mi despacho” (68) Las sombras de los ladrones se habían metido en la cocina, arrastraban muebles y revolvían gavetas. (67) Me di cuenta de lo fácil que sería para ellos acabar conmigo, (66) y supe que si no lo hacían era porque tampoco estaban allí, (65) aunque ahora los viera arrastrar la nevera hasta la puerta de la entrada. (64) Decidí quedarme muy quieto, (63) muy quieto y muy callado, (62) no emitir juicios, no pensar, (61) dejar que todo pasara (60) concentrándome sólo en mi cuenta atrás (59) en la totalidad que se diluía. (58) A medida que imaginaba números (57) la habitación se llenaba de personas, (56) y mi casa se vaciaba de objetos. (55) Yo sabía que no debía hacer nada, (54) sólo dejarlo fluir. (53) “Alejandro, de verdad lo siento” (52) “no eres tú, soy yo” (51) “Pase, Sr Perea” (50) “Lo siento mucho” (49) “Los resultados de sus análisis son determinantes” (48) “Ale” (47) “Ha venido Moisés” (46) “quiere hablar contigo” (45) “Perea, firme aquí” (44) “Tío, ya sabes cómo son estas cosas” (43) “En cobros le entregarán un cheque con su finiquito” (42) “Es algo tan inesperado… El amor digo” (41) “No te lo tomes como algo personal” (40) “Ale, no te cabrees, pero le he dicho a Luisa que le gustas” (39) “A ella le gusta Pablo, el de 2º C” (38) “El de la moto” (37) “Además dice que le dan asco tus granos” (36) “Perea, a la pizarra” (35) “Definitivamente al niño hay que ponerle aparatos, señora” (34) “¿Cuánto es la raíz cuadrada de 768?” (33) “Mamá, ¿has visto a Calcetines?” (32) “¿Calcetines?” (31) “¡¡Calcetines!!”
Cuando abrí los ojos empezaba a amanecer.
Lo último que recuerdo es el gato muerto y escuchar a los ladrones imaginarios cargando el home cinema en el ascensor, ambientados por el mar y los delfines.
Había sido muy cansado, estaba empapado en sudor, pero sentía una paz que no pensé que fuera a alcanzar nunca. Permanecí en la cama unos minutos, disfrutando de aquella sensación. Cerré los ojos un momento, para asegurarme. Nada.
Se habían ido para siempre.
Me incorporé.
Realmente algo se había purificado dentro de mí.
Noté enseguida el eco de mis pasos en la casa. Sonaba diferente. Pensé que era la paz, lo liviano que me sentía. Entré en el salón. Estaba desierto. Bajo mis pies, las marcas en el parqué de arrastrar el sillón. Pensé que todavía estaba soñando, que aquello no se había acabado. Me acerqué y toqué el polvo que había donde antes estuvo mi tele de plasma. Parecía bastante real.
En el suelo de la cocina, al lado de alguna pieza de pasta a medio hacer que habría debajo de la nevera, había una nota, unas llaves y una especie de tela.
“Enhorabuena, Hermano Alejandro. Has pasado al siguiente nivel.”
No habían dejado ni el cuchillo de jamón.
Recogí las llaves, y me anudé concienzudamente la bata color crema a la cintura con el cordón dorado.
Salí a la calle.

- Soy consciente del espacio que ocupa el dedo pulgar de mi pie derecho, y si noto alguna tensión la voy a dejar fluir…
Era instantáneo, pensar en el dedo gordo de mi pie derecho y que empezara a picarme como si se fuera a caer a cachos. Tenía que sacar los pies de las babuchas blancas de tela y rascarme disimuladamente, bajo la mirada acusadora de una gran variedad de señores encorbatados en bata blanca. Hasta en bata blanca se les veía la corbata.
- Hermano Alejandro –decía la voz mantenida, impertérrita del maestro– debes dejarte fluir ¿qué te ocurre?
- Me pica. El dedo…
- Hermano Alejandro –repetía, ahora autoritaria– debes dejar fluir ese picor, debes asumir esa sensación y dejarla que Sea sin más condicionantes, dejar que tu cuerpo hable. Todos juntos: “Soy consciente del espacio que ocupa mi nalga derecha, y si noto alguna tensión...”
El maestro también atendía a cada hermano individualmente, y yo le había contado, por encima, lo de mi insomnio.
- No puedo dormir.
- Ajá– el maestro, que se llamaba Carlos, según vi en la hoja de inscripción, me miraba expectante. Era feo, demasiado feo para no levantar sospechas.
- No puedo dormir. Sólo eso.
- Nunca es sólo eso– su cara de complacencia era tal que uno nunca sabía si estaba tocado por la divinidad o simplemente era gilipollas. –¿Ansiedad?
- No, sólo que no duermo.
- Bueno, busquemos entonces alguna solución parcial hasta que podamos tocar las teclas adecuadas.
- ¿Qué teclas?– La pregunta llegó demasiado tarde; el maestro, pulcramente ataviado con su toga color crudo atada con un cordón dorado a la cintura, ya había depositado sobre la mesa una caja de trastos, de la que extrajo con orquestada parsimonia una serie de cartulinas blancas. En cada cartulina estaba escrito un número en negro, letra de molde. Colocó frente a mí la cartulina correspondiente al número 100.
- ¿Qué te sugiere, Hermano?– Me vi a mí mismo por un instante, con aquella bata blanca, blanquísima, las babuchas a medio quitar. Parecía que acababa de salir de la ducha. Me pregunté entonces por qué la indumentaria del maestro era crema, y no blanca, y supuse que para que hiciera juego con el cordón dorado. –¿Hermano?
- Eh, no sé...
- 100– el maestro respiró hondo –significa la totalidad, el todo. El primer número completo.
- Ajá.
- Así que quiero que observes en esta cartulina la totalidad, la totalidad de tu vida, tus problemas, todo lo que te preocupa– El maestro guardó silencio un minuto, respetando mi supuesta concentración. –Y ahora– dijo, retirando lentamente la cartulina de la totalidad y dejando al descubierto un bonito 99 en letra de molde– quiero que te despojes de ellos, a medida que yo cambie los números, que los dejes fluir.
- Como el picor.
- Sí, como el picor –dijo, satisfecho– al fin y al cabo estas ansiedades también son eso, ¿no? Picores.
- Yo no tengo ansiedad. Sólo insomnio–. Odiaba las metáforas. Y más si se referían a mi vida.
- En cualquier caso –contestó, como si no me hubiera escuchado– debes repetir esta operación, mentalmente, cada noche–. Asentí respetuoso, y asistí al ritual obediente, pero no tuve ninguna revelación. Al acabar, el hermano - maestro o lo que fuera se alongó en la mesa y me tomó del brazo. –Hermano Alejandro, si consigues contactar contigo mismo, si realmente tienes fe, esto puede cambiar tu vida–. Le olía el aliento a pepino.
Me mandó a casa con las instrucciones en una libretita y un cd de música de delfines. La misma música que, por la noche, sonaría en mi cuarto mientras yo, harto de dar vueltas y vueltas en la cama, me hacía consciente de cómo me picaban todos las partes del cuerpo en las que pensaba. Una vez asumí el espacio que ocupaba en la cama el último pelo de mi sobaco, comencé a visualizar el número 100. La totalidad de mi vida estaba tras una puerta de mi mente, amontonada, aporreando, y yo no estaba seguro de querer abrirla. “Voy a dejarme fluir”– pensé, en un acto insólito de fe. Y eso hice.
(99) Allí no pasaba nada. (98) Aquello parecía tan absurdo como en presencia del jarecrisna posmoderno. (97) De pronto María entró en la habitación y se sentó a oscuras en la cama. (96) María no podía estar en la habitación porque acababa de hablar con ella y estaba en su casa, (95) en la cama, y con voz de dormida. (94) Además, María no tenía llaves de mi casa. (93) A ambos nos parecía demasiado pronto para eso. (92) Sin embargo el culo de María parecía estar levemente apoyado en mi pierna izquierda. (90) “¿María?” (90) “¿Qué haces aquí?” (89) “Alejandro, en realidad yo no sé lo que quiero...” (88) No parecía oírme (87) “o si te quiero, yo... necesito tiempo” (86) “¿Qué?” (84) “Además, el otro día… ¿Te acuerdas de Moisés?” (83) Un fuerte golpe interrumpió su discurso (82) “¿Quién anda ahí?” (81) Estaban dentro, (80) podía sentirlos caminar por el pasillo. (79) Estaban dentro y habían entrado por la ventana del salón, (78) siempre supe que tenía que haber hecho algo con esa ventana. (77) Pude ver dos sombras avanzando por el pasillo (76) “¡Quién anda ahí!” (75) Una tercera sombra entró en la habitación (74) “Perea, ¿ha traído el informe de cuentas?” (73) Si María no podía tener el culo apoyado en mi brazo en ese momento, mi jefe no podía estar hablándome de pie junto al cabecero de la cama, (72) sin embargo, insistió: (71) “Perea, ¡conteste!” (70) “Estoy harto de sus desplantes” (69) “Le veré en mi despacho” (68) Las sombras de los ladrones se habían metido en la cocina, arrastraban muebles y revolvían gavetas. (67) Me di cuenta de lo fácil que sería para ellos acabar conmigo, (66) y supe que si no lo hacían era porque tampoco estaban allí, (65) aunque ahora los viera arrastrar la nevera hasta la puerta de la entrada. (64) Decidí quedarme muy quieto, (63) muy quieto y muy callado, (62) no emitir juicios, no pensar, (61) dejar que todo pasara (60) concentrándome sólo en mi cuenta atrás (59) en la totalidad que se diluía. (58) A medida que imaginaba números (57) la habitación se llenaba de personas, (56) y mi casa se vaciaba de objetos. (55) Yo sabía que no debía hacer nada, (54) sólo dejarlo fluir. (53) “Alejandro, de verdad lo siento” (52) “no eres tú, soy yo” (51) “Pase, Sr Perea” (50) “Lo siento mucho” (49) “Los resultados de sus análisis son determinantes” (48) “Ale” (47) “Ha venido Moisés” (46) “quiere hablar contigo” (45) “Perea, firme aquí” (44) “Tío, ya sabes cómo son estas cosas” (43) “En cobros le entregarán un cheque con su finiquito” (42) “Es algo tan inesperado… El amor digo” (41) “No te lo tomes como algo personal” (40) “Ale, no te cabrees, pero le he dicho a Luisa que le gustas” (39) “A ella le gusta Pablo, el de 2º C” (38) “El de la moto” (37) “Además dice que le dan asco tus granos” (36) “Perea, a la pizarra” (35) “Definitivamente al niño hay que ponerle aparatos, señora” (34) “¿Cuánto es la raíz cuadrada de 768?” (33) “Mamá, ¿has visto a Calcetines?” (32) “¿Calcetines?” (31) “¡¡Calcetines!!”
Cuando abrí los ojos empezaba a amanecer.
Lo último que recuerdo es el gato muerto y escuchar a los ladrones imaginarios cargando el home cinema en el ascensor, ambientados por el mar y los delfines.
Había sido muy cansado, estaba empapado en sudor, pero sentía una paz que no pensé que fuera a alcanzar nunca. Permanecí en la cama unos minutos, disfrutando de aquella sensación. Cerré los ojos un momento, para asegurarme. Nada.
Se habían ido para siempre.
Me incorporé.
Realmente algo se había purificado dentro de mí.
Noté enseguida el eco de mis pasos en la casa. Sonaba diferente. Pensé que era la paz, lo liviano que me sentía. Entré en el salón. Estaba desierto. Bajo mis pies, las marcas en el parqué de arrastrar el sillón. Pensé que todavía estaba soñando, que aquello no se había acabado. Me acerqué y toqué el polvo que había donde antes estuvo mi tele de plasma. Parecía bastante real.
En el suelo de la cocina, al lado de alguna pieza de pasta a medio hacer que habría debajo de la nevera, había una nota, unas llaves y una especie de tela.
“Enhorabuena, Hermano Alejandro. Has pasado al siguiente nivel.”
No habían dejado ni el cuchillo de jamón.
Recogí las llaves, y me anudé concienzudamente la bata color crema a la cintura con el cordón dorado.
Salí a la calle.

miércoles 18 de febrero de 2009
59. Es todo una cuestión de actitud. O no.
y nevaba, y ella, que era canaria, en bikini
L.
Esta mañana, tumbada en la cama, decidí que ya había llegado la primavera.
No, no me dejé la calefacción puesta, ni me engañó el sol de invierno (que me suele pasar).
Las ventanas estaban cerradas, y yo me acurrucaba bajo el nórdico, sin ganas malditas de sacar los piecillos al frío y empezar el día. Sin embargo, era una decisión firme.
Me levanté, me tomé el café, me puse unos pantalones nuevos que me compré, de telita fina, con un estampado, anchos arriba y estrechos en la pantorrilla, de culocagao que les digo yo. Más monos. Unas medias debajo, eso sí, media pierna fuera no, que las brisillas de la primavera son traicioneras. Luego me puse una camiseta, un pulovito y una chaquetilla de entretiempo.
Y a la calle.
Madrid, 9 de la mañana. 2 grados.
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Pura coincidencia
jueves 29 de enero de 2009
sábado 24 de enero de 2009
lunes 19 de enero de 2009
57-Error de cálculo
Cuando una se pierde hay que preguntarle a las viejitas. Esto es algo que todo el mundo sabe.
Yo me perdí en esas calles de edificios bajos, y sabía que estaba perdida, muy perdida, porque iba a un décimo piso, y los edificios que veía no pasaban, como mucho, del piso cuatro.
Intercepté a una viejita rápidamente. Disculpe señora, buenas tardes - a las viejitas hay que tratarlas con cariño para que no crean que eres una malincuente, con esos vaqueros y ese pañuelo, y ese abrigo y esos pelos - ¿me puede decir dónde queda la calle Almazán?
La señora me agarra del brazo, se da la vuelta y me da la vuelta a mí también - Sigues recto, y una, dos y tres, la tercera calle - coge mi cara, que la miraba a ella y la dirige hacia el lugar que me indica mientras da uno, dos y tres golpes de muñeca- la tercera calle, y si no es la tercera, vuelves a preguntar, pero creo que sí, la tercera calle.
Yo, que jamás cuestiono las indicaciones geográficas de un mujer con tal autoridad, caminé recto y firme, con las manos en los bolsillos, hacia la tercera calle, aunque seguía sin ver edificios de más de cuatro plantas.
Una, dos y tres. Esta no es. Mierda.
Dos policías municipales con sus chalequitos amarillo fosforescente y todo, se paseaban por la calle número tres.
Una de las principales funciones de los policías municipales, después de poner multas, es decir dónde están las calles. Esto es algo que todo el mundo sabe.
- ¿La calle Almazán? sí, creo que... eh... por allí... bajando ¿no?
Su compañero saca el callejero - Yo no lo sé, pero él sí - sonríe el joven, levantando levemente el callejero en su mano izquierda.
- No, no, si no hace falta, mira es... aquella, la del fondo, o quizás la de arriba, pero por allí abajo está- yo lo ignoro y miro al del callejero que por lo menos es humilde
- Espera hombre, que lo estoy buscando... ay, que esta página no era
- Trae anda, trae - llega un tercer policía, mayor, que sin preguntar nada nos mira atentamente a nosotros, y al callejero minúsculo que escrutamos - Buscamos la calle Almazán
- Almazán... Sí, esa está..., espera a ver- Los malos delinquiendo, los infractores infractuando, y nosotros cuatro allí, metidos en la página 128 del callejero.
De pronto, un super-viejito entra en escena, con su bastón, y me tira de la chaqueta.
- ¿Qué buscas hija?
- La calle Almazán
- ¿Número?
- 31
Entonces se me agarra con una mano, sosteniendo el bastón en la otra, y me lleva, eficiente, durante 600 o 700 metros hasta la misma puerta del número 31, mientras los policías se quedan, atónitos e inútiles, agarrados al callejero, y yo pongo en duda lo novedoso del google maps.
Era la cuarta calle.
Los policias municipales no sirven para nada más que para poner multas. Eso lo saben los viejos. Y ahora, yo.
Yo me perdí en esas calles de edificios bajos, y sabía que estaba perdida, muy perdida, porque iba a un décimo piso, y los edificios que veía no pasaban, como mucho, del piso cuatro.
Intercepté a una viejita rápidamente. Disculpe señora, buenas tardes - a las viejitas hay que tratarlas con cariño para que no crean que eres una malincuente, con esos vaqueros y ese pañuelo, y ese abrigo y esos pelos - ¿me puede decir dónde queda la calle Almazán?
La señora me agarra del brazo, se da la vuelta y me da la vuelta a mí también - Sigues recto, y una, dos y tres, la tercera calle - coge mi cara, que la miraba a ella y la dirige hacia el lugar que me indica mientras da uno, dos y tres golpes de muñeca- la tercera calle, y si no es la tercera, vuelves a preguntar, pero creo que sí, la tercera calle.
Yo, que jamás cuestiono las indicaciones geográficas de un mujer con tal autoridad, caminé recto y firme, con las manos en los bolsillos, hacia la tercera calle, aunque seguía sin ver edificios de más de cuatro plantas.
Una, dos y tres. Esta no es. Mierda.
Dos policías municipales con sus chalequitos amarillo fosforescente y todo, se paseaban por la calle número tres.
Una de las principales funciones de los policías municipales, después de poner multas, es decir dónde están las calles. Esto es algo que todo el mundo sabe.
- ¿La calle Almazán? sí, creo que... eh... por allí... bajando ¿no?
Su compañero saca el callejero - Yo no lo sé, pero él sí - sonríe el joven, levantando levemente el callejero en su mano izquierda.
- No, no, si no hace falta, mira es... aquella, la del fondo, o quizás la de arriba, pero por allí abajo está- yo lo ignoro y miro al del callejero que por lo menos es humilde
- Espera hombre, que lo estoy buscando... ay, que esta página no era
- Trae anda, trae - llega un tercer policía, mayor, que sin preguntar nada nos mira atentamente a nosotros, y al callejero minúsculo que escrutamos - Buscamos la calle Almazán
- Almazán... Sí, esa está..., espera a ver- Los malos delinquiendo, los infractores infractuando, y nosotros cuatro allí, metidos en la página 128 del callejero.
De pronto, un super-viejito entra en escena, con su bastón, y me tira de la chaqueta.
- ¿Qué buscas hija?
- La calle Almazán
- ¿Número?
- 31
Entonces se me agarra con una mano, sosteniendo el bastón en la otra, y me lleva, eficiente, durante 600 o 700 metros hasta la misma puerta del número 31, mientras los policías se quedan, atónitos e inútiles, agarrados al callejero, y yo pongo en duda lo novedoso del google maps.
Era la cuarta calle.
Los policias municipales no sirven para nada más que para poner multas. Eso lo saben los viejos. Y ahora, yo.
lunes 5 de enero de 2009
54. Helarte
Tienda de arte. En realidad, tienda de materiales de arte. De artes plásticas. Una señora, lleva un abrigo extravagante, no parece muy caro, pero sí es ostentoso. Lleva anillos y pulseras porque ella también es ostentosa, un poco. La chica le empaqueta unos lienzos con bolsas de plástico, ella lleva en la mano unas pinturas. Parece ansiosa
- Mi niña no te vuelvas loca que tengo el coche ahí enfrente y lo meto así mismo - me mira y me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. La dependienta, en un alarde de eficiencia navideña, sigue preparando el paquete - Estoy deseando llegar a mi casa para ponerme a pintar -Vuelve a mirarme sonriente, y guiña un ojo. Yo vuelvo a sonreir y pienso en sus cuadros, en los cuadros que creo que ella pintaría -De verdad, ya se está convirtiendo en una obsesión.
Por fin la dependienta termina de anudar las bolsas y se dispone a cobrar a la mujer. Ella le da un billete de cien euros que tenía ya agarrado desde hace un rato, con los dedillos metidos dentro del monedero. Preparados, listos.
Cien euros. Yo vuelvo a mirarla, y no puedo evitar volver a jugar al precio justo del abrigo, que sigue pareciéndome barato, quizás por lo ostentoso.
La eficiente dependienta coge el billete y lo pasa por la máquina que los comprueba, donde no parece entrar. La señora, escandalizada, le pregunta si es falso. "No, no - le responde la dependienta - sólo es que está un poco arrugado"
El billete lo oye y se pone firme, entrando por la maquinita y defendiendo el honor de su dueña
- Ah, qué susto- se lleva la mujer la mano a la boca haciendo tintinear las pulseras- si es que me lo acaban de dar, cambié uno de 500.
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Paula Roth,
Pura coincidencia
martes 30 de diciembre de 2008
miércoles 24 de diciembre de 2008
viernes 19 de diciembre de 2008
viernes 12 de diciembre de 2008
miércoles 10 de diciembre de 2008
52. 1ªParte
En cuanto abrí el libro lo descubrí, horrorizado.
Había olvidado la pequeña cartulina roja que utilizo como marcador. Y digo bien, horrorizado, siempre me dicen que exagero con los adjetivos.
El drama no radicaba en si iba o no iba a encontrar la página en la que me había quedado, ya que estaba seguro de que era justo al comienzo del capítulo cinco, exactamente tras la aparición de Virginia y su restaurante macrobiótico. El problema era como marcar el final de mi lectura, que sería considerable tras un viaje tan largo, sin mutilar irremediablemente la página doblándole la esquinita superior y dejando para siempre la huella de mi ritmo de lectura, como si de una nueva capitulación se tratara. Odiaba esas marquitas indecentes y me negaba por completo a hacérselo a mi libro, aunque, como en este caso, se tratara de unas de esas feísimas ediciones de bolsillo que están hechas para llenarse de arena, mojarse de cerveza o arrugarse en el bolso entre metro y metro. Una de esas ediciones en las que la historia vive dentro como una promesa, sujetándose para no caerse, asegurándote que a pesar de todo es un libro de verdad. Aún así, no le haría eso a mi libro, bastante tenía. Prefería recordar la numeración, me quedé en la página 123, por ejemplo, aunque luego tuviera que mirar en la 231 y la 132 antes de encontrar el punto exacto, por que entre mis innumerables virtudes estaba la de recordarlo todo de forma fragmentada, como tras una borrachera.
Por ejemplo aquel día, en la ponencia del ciclo de Quiroga. Tú estabas entre el público, te habías sentado en la última fila, y tenías el cuerpo completamente volcado hacia el pasillo librándote de las cabezas que te impedían ver con comodidad la mesa. Cada vez que el moderador preguntaba ¿se oye bien? movías la cabeza levemente y muy rápido de un lado a otro, con un no desolado que no iba a ningún sitio pero que a ti te reconfortaba, de alguna manera. De ese día no recuerdo nada, o mejor, lo recuerdo todo, pero desordenado, hasta el punto que no sé si pasó en esa conferencia o en las que siguieron, en las que te buscaba entre el público para al fin verte atravesar la puerta tarde, despeinada. Creo que fue aquel día cuando, cansada de alongarte tanto, te levantaste, cargada con el bolso el abrigo y tres carpetas, y muy digna caminaste hacia la primera fila, siempre vacía, y te sentaste, tras una leve mirada hacia atrás -lo ven, no pasa nada, yo me siento aquí-. Entonces te pusiste a escucharme con tal dedicación que me sentí como un impostor a punto de ser descubierto.
No puedo recordar tu cara, en aquella imagen, ni lo que llevabas puesto, pero sí que olías a coco, y que me hiciste recordar a aquellos días de mi infancia en los que el sol era una fuente de vitamina a y no una amenaza para la salud, y las chicas se untaban de hawaian tropic antes de tumbarse a hacer top less entre las rocas.
Acto seguido imaginé tus tetas, claro, tus tetas untadas de hawaian tropic entre las rocas, y me puse tan nervioso como cuando intenté probar el consabido truco de imaginar a la gente desnuda para paliar los nervios de hablar en público- si alguien lo duda aún, es inútil, y diría más, contraproducente-.
La culpa es de mi imaginación, tan gráfica.
Tendría unos ocho años cuando lo descubrí. Almorzábamos y era domingo, porque había pollo, y yo peleaba con mi cuchillo romo por sacarle algo aun muslo resbaladizo y al limón, cuando mi hermano Alberto empezó a describir un gato muerto que había encontrado en el solar envuelto en una nube de moscas verdes . Él se fue a su cuarto castigado- “¡a tu habitación!”, un clásico de otra época- y yo comencé a mirar de otra forma a los pollos asados, y al gato. El proceso es sencillo: una imagen plástica, brillante, hiperrealista se clava en mi cerebro , y cuando creo que se ha ido regresa en forma de calambre, sólo un instante, suficiente para provocarme un escalofrío y evitar que coma pollo al limón.
El mal se intensificó con el tiempo, de manera que si un amigo de mis padres contaba que se había mareado en un viaje en barco, y describía brevemente su calvario del camarote al baño durante toda la travesía, yo podía imaginarlo tan claramente que en el momento menos pensado sentía mal de tierra y corría a vomitar; o si, por ejemplo. contaban en la tele cómo un perro mordía a un niño, pasaba a tenerle un miedo irracional a todos los perros, porque sólo con verlos podía sentir sus diéntes destrozándome la pierna. Una maldición.
La verdad es que en aquel momento, viéndote mirarme, completamente entregada, a metro y medio escaso de mí, pensé que podría seducirte - la erótica del escritor, ya se sabe-, te invitaría a un café cuando te acercaras a pedirme una firma, y acabaríamos en un historia de esas que termina contigo olvidándote de mí tras un fundido en negro, como debe ser. Pero no te invité al café, por que no te acercaste, saliste disparada cargada con el armario ropero que llevabas a cuestas según empezaron los aplausos.
Una mujer me mira, está sentada, y me mira desde abajo recordándome a algún animal que no consigo concretar, tal vez a la mezcla de varios. Nunca sé si la gente que me mira en el metro lo hace porque me reconoce o porque tengo la bragueta abierta, pero nunca compruebo la bragueta hasta que salgo del andén, por pura dignidad suicida.
Hubo otra charla, que no fue una charla, fue un curso, y tenía un descanso, no podías escaparte y por fin te pillé. Recuerdo cuando empezaste a hablar, la primera de una larga lista de conversaciones inocuas que realmente me desconcertaban. Era curioso ver moverse esos labios diminutos, en ese cuerpo diminuto y esa cara blanquísima llena de pecas. Querías escribir- cómo no- y me contabas tus historias sobre científicos de la nasa. “Nunca escribas de lo que no sabes” te dije, y un recuerdo vívido, en letra times 8 en el periódico local, me atravesó el pecho mientras disimulabas tu cara de desilusión. “Sólo sabe escribir sobre gente que escribe”, decían. Tuve que sacudir levemente la cabeza para quitarme el recuerdo de encima. Nunca sé si se notan esas cosas, si se notan debo parecer un tipo algo transtornado.
En realidad, me gusta que me miren. Eso es una suerte en esta profesión, porque básicamente el trabajo consiste en eso: te sientas en una mesa elevada delante de un grupo de gente que te mira, mientras el libro que has escrito descansa bajo tus manos sudorosas que lo martillean insistentes. Alguien dirá que entonces tu trabajo fue escribir el libro, y sí, eso sería lo lógico.
Entre mis pensamientos y el restaurante macrobiótico descubro algo dos vagones más allá. Para ser sincero estaba más en mis pensamientos y en la observación metódica de mis compañeros de viaje que en el pobre libro-promesa que sujetaba entre las manos, por eso fue sencillo detectar a través de los vagones la cubierta verde y lima flotando a la altura de mi rodilla. Seguí el rastro, no sin perder la pose, en cualquier momento podía ser descubierto. Pasé entre los pasajeros – perdón, disculpe- sorteando bolsos, carpetas y consolas portátiles, hasta que al fin me encontré frente a la chica que lo sostenía en sus manos, y me senté, justo delante, con mis rodillas a escasos centímetros de las suyas.
Había olvidado la pequeña cartulina roja que utilizo como marcador. Y digo bien, horrorizado, siempre me dicen que exagero con los adjetivos.
El drama no radicaba en si iba o no iba a encontrar la página en la que me había quedado, ya que estaba seguro de que era justo al comienzo del capítulo cinco, exactamente tras la aparición de Virginia y su restaurante macrobiótico. El problema era como marcar el final de mi lectura, que sería considerable tras un viaje tan largo, sin mutilar irremediablemente la página doblándole la esquinita superior y dejando para siempre la huella de mi ritmo de lectura, como si de una nueva capitulación se tratara. Odiaba esas marquitas indecentes y me negaba por completo a hacérselo a mi libro, aunque, como en este caso, se tratara de unas de esas feísimas ediciones de bolsillo que están hechas para llenarse de arena, mojarse de cerveza o arrugarse en el bolso entre metro y metro. Una de esas ediciones en las que la historia vive dentro como una promesa, sujetándose para no caerse, asegurándote que a pesar de todo es un libro de verdad. Aún así, no le haría eso a mi libro, bastante tenía. Prefería recordar la numeración, me quedé en la página 123, por ejemplo, aunque luego tuviera que mirar en la 231 y la 132 antes de encontrar el punto exacto, por que entre mis innumerables virtudes estaba la de recordarlo todo de forma fragmentada, como tras una borrachera.
Por ejemplo aquel día, en la ponencia del ciclo de Quiroga. Tú estabas entre el público, te habías sentado en la última fila, y tenías el cuerpo completamente volcado hacia el pasillo librándote de las cabezas que te impedían ver con comodidad la mesa. Cada vez que el moderador preguntaba ¿se oye bien? movías la cabeza levemente y muy rápido de un lado a otro, con un no desolado que no iba a ningún sitio pero que a ti te reconfortaba, de alguna manera. De ese día no recuerdo nada, o mejor, lo recuerdo todo, pero desordenado, hasta el punto que no sé si pasó en esa conferencia o en las que siguieron, en las que te buscaba entre el público para al fin verte atravesar la puerta tarde, despeinada. Creo que fue aquel día cuando, cansada de alongarte tanto, te levantaste, cargada con el bolso el abrigo y tres carpetas, y muy digna caminaste hacia la primera fila, siempre vacía, y te sentaste, tras una leve mirada hacia atrás -lo ven, no pasa nada, yo me siento aquí-. Entonces te pusiste a escucharme con tal dedicación que me sentí como un impostor a punto de ser descubierto.
No puedo recordar tu cara, en aquella imagen, ni lo que llevabas puesto, pero sí que olías a coco, y que me hiciste recordar a aquellos días de mi infancia en los que el sol era una fuente de vitamina a y no una amenaza para la salud, y las chicas se untaban de hawaian tropic antes de tumbarse a hacer top less entre las rocas.
Acto seguido imaginé tus tetas, claro, tus tetas untadas de hawaian tropic entre las rocas, y me puse tan nervioso como cuando intenté probar el consabido truco de imaginar a la gente desnuda para paliar los nervios de hablar en público- si alguien lo duda aún, es inútil, y diría más, contraproducente-.
La culpa es de mi imaginación, tan gráfica.
Tendría unos ocho años cuando lo descubrí. Almorzábamos y era domingo, porque había pollo, y yo peleaba con mi cuchillo romo por sacarle algo aun muslo resbaladizo y al limón, cuando mi hermano Alberto empezó a describir un gato muerto que había encontrado en el solar envuelto en una nube de moscas verdes . Él se fue a su cuarto castigado- “¡a tu habitación!”, un clásico de otra época- y yo comencé a mirar de otra forma a los pollos asados, y al gato. El proceso es sencillo: una imagen plástica, brillante, hiperrealista se clava en mi cerebro , y cuando creo que se ha ido regresa en forma de calambre, sólo un instante, suficiente para provocarme un escalofrío y evitar que coma pollo al limón.
El mal se intensificó con el tiempo, de manera que si un amigo de mis padres contaba que se había mareado en un viaje en barco, y describía brevemente su calvario del camarote al baño durante toda la travesía, yo podía imaginarlo tan claramente que en el momento menos pensado sentía mal de tierra y corría a vomitar; o si, por ejemplo. contaban en la tele cómo un perro mordía a un niño, pasaba a tenerle un miedo irracional a todos los perros, porque sólo con verlos podía sentir sus diéntes destrozándome la pierna. Una maldición.
La verdad es que en aquel momento, viéndote mirarme, completamente entregada, a metro y medio escaso de mí, pensé que podría seducirte - la erótica del escritor, ya se sabe-, te invitaría a un café cuando te acercaras a pedirme una firma, y acabaríamos en un historia de esas que termina contigo olvidándote de mí tras un fundido en negro, como debe ser. Pero no te invité al café, por que no te acercaste, saliste disparada cargada con el armario ropero que llevabas a cuestas según empezaron los aplausos.
Una mujer me mira, está sentada, y me mira desde abajo recordándome a algún animal que no consigo concretar, tal vez a la mezcla de varios. Nunca sé si la gente que me mira en el metro lo hace porque me reconoce o porque tengo la bragueta abierta, pero nunca compruebo la bragueta hasta que salgo del andén, por pura dignidad suicida.
Hubo otra charla, que no fue una charla, fue un curso, y tenía un descanso, no podías escaparte y por fin te pillé. Recuerdo cuando empezaste a hablar, la primera de una larga lista de conversaciones inocuas que realmente me desconcertaban. Era curioso ver moverse esos labios diminutos, en ese cuerpo diminuto y esa cara blanquísima llena de pecas. Querías escribir- cómo no- y me contabas tus historias sobre científicos de la nasa. “Nunca escribas de lo que no sabes” te dije, y un recuerdo vívido, en letra times 8 en el periódico local, me atravesó el pecho mientras disimulabas tu cara de desilusión. “Sólo sabe escribir sobre gente que escribe”, decían. Tuve que sacudir levemente la cabeza para quitarme el recuerdo de encima. Nunca sé si se notan esas cosas, si se notan debo parecer un tipo algo transtornado.
En realidad, me gusta que me miren. Eso es una suerte en esta profesión, porque básicamente el trabajo consiste en eso: te sientas en una mesa elevada delante de un grupo de gente que te mira, mientras el libro que has escrito descansa bajo tus manos sudorosas que lo martillean insistentes. Alguien dirá que entonces tu trabajo fue escribir el libro, y sí, eso sería lo lógico.
Entre mis pensamientos y el restaurante macrobiótico descubro algo dos vagones más allá. Para ser sincero estaba más en mis pensamientos y en la observación metódica de mis compañeros de viaje que en el pobre libro-promesa que sujetaba entre las manos, por eso fue sencillo detectar a través de los vagones la cubierta verde y lima flotando a la altura de mi rodilla. Seguí el rastro, no sin perder la pose, en cualquier momento podía ser descubierto. Pasé entre los pasajeros – perdón, disculpe- sorteando bolsos, carpetas y consolas portátiles, hasta que al fin me encontré frente a la chica que lo sostenía en sus manos, y me senté, justo delante, con mis rodillas a escasos centímetros de las suyas.
Continuará
sábado 6 de diciembre de 2008
viernes 5 de diciembre de 2008
51. Vida familiar
- Amor - voz de broncaconcariño
- Qué
- Yo sé que tú muy ecológica no eres, pero no es bueno que la caldera esté encendida de la mañana a la noche
- No ha estado encendida todo el día- pongo la ropa en el tendero con mala leche
- No, que va
- Pues no
- Bueeeeno
- De verdad que no, la acabo de encender ahora, cuando tú llegaste.
- Yo sólo digo que no es bueno, ni para ti, ni para la caldera, ni para la factura, ni para el planeta.
- Pues vale
- Pero no te enfades
- mmm - la pago con los calcetines empapados
- Haz lo que quieras, sólo es una opinión
- No, no, vale. Pero si tengo frío...
- ¿Te pones un abriguito?
- mmm
Va a ducharse, coloca la toalla, enciende el termo y apaga la calefacción. Luego oigo la puerta del baño, que se cierra.
-¡Pues así más nunca se te va a secar la ropa!
Y escondo la mano
- Qué
- Yo sé que tú muy ecológica no eres, pero no es bueno que la caldera esté encendida de la mañana a la noche
- No ha estado encendida todo el día- pongo la ropa en el tendero con mala leche
- No, que va
- Pues no
- Bueeeeno
- De verdad que no, la acabo de encender ahora, cuando tú llegaste.
- Yo sólo digo que no es bueno, ni para ti, ni para la caldera, ni para la factura, ni para el planeta.
- Pues vale
- Pero no te enfades
- mmm - la pago con los calcetines empapados
- Haz lo que quieras, sólo es una opinión
- No, no, vale. Pero si tengo frío...
- ¿Te pones un abriguito?
- mmm
Va a ducharse, coloca la toalla, enciende el termo y apaga la calefacción. Luego oigo la puerta del baño, que se cierra.
-¡Pues así más nunca se te va a secar la ropa!
Y escondo la mano
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Pura coincidencia
miércoles 3 de diciembre de 2008
50- Aguafiestas
Era fiesta, o lo parecía, los niños del barrio corrían abajo y arriba por la cuesta y se organizaban en comandos, como si tuvieran entre manos algo de vital importancia, como tirar petardos o echar jabón en la fuente posmoderna de la plaza recién estrenada.
Efectivamente, era fiesta, habían cerrado un locutorio y la calle estaba llena de tablas y trozos de madera, con sus clavos y sus tachas, pero llenas de posibilidades para aquellas cabecillas que corrían desesperadas de arriba abajo en grupos, apropiándose de las tablas antes que el camión de la basura. Cuando salí del portal casi me atropellan, pero tuve que reirme al ver el destino de aquellas maderas llenas de astillas. Al final de la calle los niños tumbaban las tablas sobre la empinada escalera que salvaba la cuesta y se lanzaban sobre ella, aterrizando minutos después en los adoquines de la plaza, donde, magullados y doloridos, seguro, los niños de mi barrio, que son como los de un anuncio de benetton, pero despeinados, se levantaban y volvían a subir la escalera por el otro lado con su tabla a cuestas para volver a lanzarse, de dos en dos en las más grandes, de uno en uno y haciendo carreras sobre las pequeñas.
Efectivamente, era fiesta, habían cerrado un locutorio y la calle estaba llena de tablas y trozos de madera, con sus clavos y sus tachas, pero llenas de posibilidades para aquellas cabecillas que corrían desesperadas de arriba abajo en grupos, apropiándose de las tablas antes que el camión de la basura. Cuando salí del portal casi me atropellan, pero tuve que reirme al ver el destino de aquellas maderas llenas de astillas. Al final de la calle los niños tumbaban las tablas sobre la empinada escalera que salvaba la cuesta y se lanzaban sobre ella, aterrizando minutos después en los adoquines de la plaza, donde, magullados y doloridos, seguro, los niños de mi barrio, que son como los de un anuncio de benetton, pero despeinados, se levantaban y volvían a subir la escalera por el otro lado con su tabla a cuestas para volver a lanzarse, de dos en dos en las más grandes, de uno en uno y haciendo carreras sobre las pequeñas.
Era el aguasur.
Tuve que quedarme unos minutos allí parada, contemplando la escena, los niños que aún no habían bajado y oían el barullo por las ventanas salían de sus casas y corrían calle arriba a ver si aún podían apropiarse de algún tablón; los que ya estaban en el juego se chocaban, se daban golpes al caer, y se quemaban los pantalones contra la acera, pero no paraban de reírse.En esto estábamos, ellos y yo, cuando una señora oriunda de lavapies (pero de lavapiés lavapiés, eh?, que solían enfatizar los oriundos, no te fueras a pensar que vinieron en patera) se quedó, como yo, atónita mirando la escena, poniéndose roja por momentos. Del cabreo.
Les tocaba en ese momento a dos niños, uno, negro tizón, tenía una pequeña deformación en una de las orejas y una cara de trasto que daba hasta miedo. El otro, blanquito y rubio, con tanta cara de bicho como el primero. Cuando se disponían a tirarse escaleras abajo, escucharon, como yo, que el murmullo creciente de improperios de la señora se volvía un mensaje comprensible y venía a decir algo así cómo "qué verguenza, y los que tenemos que bajar por la escalera, ¿qué?, ¿eh? ¿qué?"
El niño-tizón se rió y agarró la tabla con cara de velocidad. El angelito de Velázquez lo agarró del brazo - tiene razón- le dijo- hay que dejar pasar a la señora.
El primero puso cara de avergonzado, retiró la tabla y dejó pasar a la señora. Yo, que me los quería comer a los dos a besos, ya seguía mi camino, reconciliada con el género humano, y pensando en la ironía de los protectores de enchufes de las casas, cuando vi a la oriunda que paraba un momento en el segundo escalón, se acercaba al niño que sujetaba el tablón complaciente y le decía "verás que pierdes la otra oreja"
Entonces empujé a la señora que cayó rodando escaleras abajo, entre aplausos de los transeúntes.
El papel lo aguanta todo ¿no?
Les tocaba en ese momento a dos niños, uno, negro tizón, tenía una pequeña deformación en una de las orejas y una cara de trasto que daba hasta miedo. El otro, blanquito y rubio, con tanta cara de bicho como el primero. Cuando se disponían a tirarse escaleras abajo, escucharon, como yo, que el murmullo creciente de improperios de la señora se volvía un mensaje comprensible y venía a decir algo así cómo "qué verguenza, y los que tenemos que bajar por la escalera, ¿qué?, ¿eh? ¿qué?"
El niño-tizón se rió y agarró la tabla con cara de velocidad. El angelito de Velázquez lo agarró del brazo - tiene razón- le dijo- hay que dejar pasar a la señora.
El primero puso cara de avergonzado, retiró la tabla y dejó pasar a la señora. Yo, que me los quería comer a los dos a besos, ya seguía mi camino, reconciliada con el género humano, y pensando en la ironía de los protectores de enchufes de las casas, cuando vi a la oriunda que paraba un momento en el segundo escalón, se acercaba al niño que sujetaba el tablón complaciente y le decía "verás que pierdes la otra oreja"
Entonces empujé a la señora que cayó rodando escaleras abajo, entre aplausos de los transeúntes.
El papel lo aguanta todo ¿no?
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Lavapiés,
Paula Roth,
Pura coincidencia
49. El mejor amigo del hombre
Dos chicos y una chica, orondos los tres. Llegan juntos, y se coloca cada uno en un mueble. El chico se va hacia atrás y echa un vistazo distraído sobre los libros de misterio; una de las chicas se sitúa en la última mesa de literatura española y comienza a toquetear los libros de Vila Matas y la otra se pone frente a mí y me sonrie. Por un momento parece un atraco.
- Hola, qué tal, era para preguntarte por un libro de Josep Thomas
- Ajá, Josep Tho ¿sabes usted cómo se escribe?¿con th?
- Sí, sí, con th ¿no?
- A ver... no, no hay resultados así
- Prueba con h en Jhosep
- ¿Después de la jota? no pega ¿no? a ver... no, tampoco
- O despues de la p
- No, no hay resultados... ¿Sabe usted el nombre del libro?
- Eh... sí... Eh.... Alberto, ¿cómo era? - la mujer miró a Alberto que tenía la cabeza enterrada entre las páginas de un libro de Stephen King y no le contestó, me miró a mí de nuevo- Era"- murmullo ininteligible- el mejor amigo del hombre"
Escribo en el ordenador "El perro el mejor amigo del hombre", aunque tengo mis dudas
- Ehhh, no hay ningún libro con ese nombre y con un autor parecido
- ¿No? pues... Alberto, ¿no era así? "-murmullo ininteligible- el mejor amigo del hombre"- Alberto asiente sin sacar la cabeza del libro de King, que podía haber estado al revés
- ¿Cómo?
- "El - murmullo otra vez- el mejor amigo del hombre"
- Perdona - sonrío- es que no te entiendo
La chica se ríe, y se acerca a mí, confidente
- El pene, el mejor amigo del hombre
- Ahhh, el pene, sí, así sí, es que es Josep Tomas, así sin hache ni nada- La chica se sonroja, y se ríe como una niña, mientras piensa que lo peor ya pasó -No lo tengo disponible, pero puedo hacer un pedido
-Ajá, un pedido... no sé, es que no somos de aquí...
Entra entonces en juego la segunda chica, la que manosea a Vila Matas, y se acerca un poco, aunque no demasiado, como si pasara por allí, dispuesta a salir corriendo en cualquier momento y jurar que no los conocía de nada, y dice:
- Lo puedes pedir, lo puedes pedir si quieres y yo lo vengo a buscar- eso, valiente ¿y te atreverás a pedirlo en el mostrador?
Ya se giran las dos y miran a Alberto, que es un enorme tomate con patas
- Alberto, ¿qué hacemos? ¿Lo pedimos?, Maruchi dice que ella lo viene a buscar - Y Maruchi mira a Alberto con cara de sí, yo me atrevo, que soy una mujer moderna del siglo XXI
Alberto saca la cabeza roja del libro que podía haber estado al revés, mira a su novia lastimoso y sube los hombros al compás - ¿Sí?- Alberto vuelve a subir los hombros
- Venga, lo pedimos
- Muy bien- y juro que no disfruté con esto- pues acérquense por favor al mostrador central, que es ahí dónde le tienen que hacer el pedido a mis compañeros.
- Hola, qué tal, era para preguntarte por un libro de Josep Thomas
- Ajá, Josep Tho ¿sabes usted cómo se escribe?¿con th?
- Sí, sí, con th ¿no?
- A ver... no, no hay resultados así
- Prueba con h en Jhosep
- ¿Después de la jota? no pega ¿no? a ver... no, tampoco
- O despues de la p
- No, no hay resultados... ¿Sabe usted el nombre del libro?
- Eh... sí... Eh.... Alberto, ¿cómo era? - la mujer miró a Alberto que tenía la cabeza enterrada entre las páginas de un libro de Stephen King y no le contestó, me miró a mí de nuevo- Era"- murmullo ininteligible- el mejor amigo del hombre"
Escribo en el ordenador "El perro el mejor amigo del hombre", aunque tengo mis dudas
- Ehhh, no hay ningún libro con ese nombre y con un autor parecido
- ¿No? pues... Alberto, ¿no era así? "-murmullo ininteligible- el mejor amigo del hombre"- Alberto asiente sin sacar la cabeza del libro de King, que podía haber estado al revés
- ¿Cómo?
- "El - murmullo otra vez- el mejor amigo del hombre"
- Perdona - sonrío- es que no te entiendo
La chica se ríe, y se acerca a mí, confidente
- El pene, el mejor amigo del hombre
- Ahhh, el pene, sí, así sí, es que es Josep Tomas, así sin hache ni nada- La chica se sonroja, y se ríe como una niña, mientras piensa que lo peor ya pasó -No lo tengo disponible, pero puedo hacer un pedido
-Ajá, un pedido... no sé, es que no somos de aquí...
Entra entonces en juego la segunda chica, la que manosea a Vila Matas, y se acerca un poco, aunque no demasiado, como si pasara por allí, dispuesta a salir corriendo en cualquier momento y jurar que no los conocía de nada, y dice:
- Lo puedes pedir, lo puedes pedir si quieres y yo lo vengo a buscar- eso, valiente ¿y te atreverás a pedirlo en el mostrador?
Ya se giran las dos y miran a Alberto, que es un enorme tomate con patas
- Alberto, ¿qué hacemos? ¿Lo pedimos?, Maruchi dice que ella lo viene a buscar - Y Maruchi mira a Alberto con cara de sí, yo me atrevo, que soy una mujer moderna del siglo XXI
Alberto saca la cabeza roja del libro que podía haber estado al revés, mira a su novia lastimoso y sube los hombros al compás - ¿Sí?- Alberto vuelve a subir los hombros
- Venga, lo pedimos
- Muy bien- y juro que no disfruté con esto- pues acérquense por favor al mostrador central, que es ahí dónde le tienen que hacer el pedido a mis compañeros.
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martes 2 de diciembre de 2008
48. Torturas
- A ver, relaja el cuello, así, uno, dos, tres.... ¡craaaack!
- ¡Agggh!
- ¡Ah! ¿Qué no sabías a lo que venías?
- ¡Agggh!
- ¡Ah! ¿Qué no sabías a lo que venías?
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47- Sentido del humor
A eso de las 6 de la tarde de los sábados comienzas a ser un bien escaso, un animalillo útil y en peligro de extinción. Es entonces oyes cosas cómo "¡mira! ¡está ahí" o "¡no dejes que se vaya!" y empiezas a tener una cola de tres o cuatro personas que te siguen por toda la planta, a pesar de que ya les has explicado que deben esperar en la fila que se forma al pie del ordenador, que volverás a buscarles, en términos de "de verdad que vuelvo, lo prometo". Hay gente que no se fía y prefiere acompañarte a buscar El príncipe de Maquiavelo, y luego a Foster Wallace, que está por la W no por la F, y de vuelta al final a por El sí de las niñas. El séquito no es un problema, una se acostumbra, igual que se acostumbra también a no mirar el ordenador, la mayoría de las veces es una pérdida de tiempo, ¿de qué es el libro? ciencia ficción al final de la estantería, infantil al final de la planta, Bolaño aquí detrás lo tengo ¿no quiere llevarse también Los detectives salvajes? mire que 2666 para empezar igual es, qué se yo, un tanto... Pero a veces, el ordenador se vuelve una herramienta imprescindible, porque el cliente o clienta sólo ha traído el autor, o el nombre del libro, o incluso, el argumento.
- Se llama Las memorias de Korn
- Señora no tenemos nada con las memorias de korn en el título ¿korn con k?
- Sí, no sé... prueba con c
- Señora con c tampoco
- Ayyyy... es que me lo han recomendado tanto... Dicen que es muy divertido ¿sabe?
- Será de humor, entonces
- No no no, me dijeron que era de un autor de literatura de verdad
- Ajá, "literatura de verdad" vamos a ver... ¿Señora, sabe usted de qué va el libro?
- Sí, sí, sí, es la historia de un extraterrestre que viene a vivir a Barcelona
En una de estas, llevaba yo ya más de una hora corriendo de aquí para allá con mi séquito que corría tras de mí, intentando hacer las cosas lo más rápido posible, porque la fila del ordenador empezaba a convertirse en escandalosa, Mankell por la M señora, en extranjera, no Ray Loriga está en española, y sólo me queda Trífero, así que tampoco se esfuerce que está en una zona muy mala para agacharse.
Fue entonces que llegó un señor sonriente. Me gusta cuando me sonríen, y me dan las buenas tardes, en vez de hacerme la pregunta sin más como si yo fuera el Google. Después de ser amable conmigo me puso un papelito delante de la cara. Era una hojilla cuadriculada y de anillas y tenía unas anotaciones a lápiz, unas tres líneas. Sin pensar un momento, comencé a escribir en el buscador, en el campo "descripción" y entrecomillado, porque, claro, sería el título exacto, a la vez que repetía cada palabra según la escribía, por mantener el contacto con el cliente, más que nada:
"Mirar si ha salido en tapa blan.."
Miré al hombre y empecé a reir, a carcajadas. Él también rió, sólo un momento, casi por cortesía, y del resto de la fila, alguno rió sinceramente, otros me miraban acusadores, se habrá creído ésta que tenemos tiempo para reirnos. Yo no paraba, reía como se llora, sin consuelo, sin poder aplacar las carcajadas estruendosas, embarazosas casi.
Me habría tirado al suelo, a revolcarme de risa sobre la moqueta, si no fuera porque la cola me instigaba, y riéndome como estaba le busqué al señor su libro, que no había salido en tapa blanda, y entre carcajadas fui a buscar El Príncipe de Maquiavelo, y Gomorra de bolsillo, y un libro que hable de Copérnico pero que no sea un rollo por favor, mientras me limpiaba las lágrimas de risa que me caían por las mejillas, con la única compañía de la señora que se llevaba bajo el brazo Sin noticias de Gurb y a la que se oía bajar por las escaleras muerta de risa, repitiendo a pleno grito:
- ¡Las memorias de Koooorn! ¡Jajajajajajajajaja!
- Se llama Las memorias de Korn
- Señora no tenemos nada con las memorias de korn en el título ¿korn con k?
- Sí, no sé... prueba con c
- Señora con c tampoco
- Ayyyy... es que me lo han recomendado tanto... Dicen que es muy divertido ¿sabe?
- Será de humor, entonces
- No no no, me dijeron que era de un autor de literatura de verdad
- Ajá, "literatura de verdad" vamos a ver... ¿Señora, sabe usted de qué va el libro?
- Sí, sí, sí, es la historia de un extraterrestre que viene a vivir a Barcelona
En una de estas, llevaba yo ya más de una hora corriendo de aquí para allá con mi séquito que corría tras de mí, intentando hacer las cosas lo más rápido posible, porque la fila del ordenador empezaba a convertirse en escandalosa, Mankell por la M señora, en extranjera, no Ray Loriga está en española, y sólo me queda Trífero, así que tampoco se esfuerce que está en una zona muy mala para agacharse.
Fue entonces que llegó un señor sonriente. Me gusta cuando me sonríen, y me dan las buenas tardes, en vez de hacerme la pregunta sin más como si yo fuera el Google. Después de ser amable conmigo me puso un papelito delante de la cara. Era una hojilla cuadriculada y de anillas y tenía unas anotaciones a lápiz, unas tres líneas. Sin pensar un momento, comencé a escribir en el buscador, en el campo "descripción" y entrecomillado, porque, claro, sería el título exacto, a la vez que repetía cada palabra según la escribía, por mantener el contacto con el cliente, más que nada:
"Mirar si ha salido en tapa blan.."
Miré al hombre y empecé a reir, a carcajadas. Él también rió, sólo un momento, casi por cortesía, y del resto de la fila, alguno rió sinceramente, otros me miraban acusadores, se habrá creído ésta que tenemos tiempo para reirnos. Yo no paraba, reía como se llora, sin consuelo, sin poder aplacar las carcajadas estruendosas, embarazosas casi.
Me habría tirado al suelo, a revolcarme de risa sobre la moqueta, si no fuera porque la cola me instigaba, y riéndome como estaba le busqué al señor su libro, que no había salido en tapa blanda, y entre carcajadas fui a buscar El Príncipe de Maquiavelo, y Gomorra de bolsillo, y un libro que hable de Copérnico pero que no sea un rollo por favor, mientras me limpiaba las lágrimas de risa que me caían por las mejillas, con la única compañía de la señora que se llevaba bajo el brazo Sin noticias de Gurb y a la que se oía bajar por las escaleras muerta de risa, repitiendo a pleno grito:
- ¡Las memorias de Koooorn! ¡Jajajajajajajajaja!
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lunes 24 de noviembre de 2008
martes 18 de noviembre de 2008
martes 4 de noviembre de 2008
44. Mi mejor cliente o La culpa es de los padres
Un niño hace pruebas de spring: coge carrerilla desde la zona de infantil, en un extremo de la planta, y gana velocidad para frenarse justo en el estante de poesía de bolsillo, en el extremo opuesto. En su carrera se lleva por delante clientes incautos que buscaban libros entre las novedades de los mostradores del centro, y eso le gusta. Al poco ya no es suficiente, decide completar el ejercicio olímpico arrojando el dinonsaurio rojo que lleva en la mano desde el principio de las pruebas. Así que coge carrerilla y cuando alcanza la velocidad óptima lanza el pequeño dinosaurio, justo antes de estamparse, muerto de risa, en el estante de la poesía de bolsillo. El arma arrojadiza, de un plástico duro que podría confundirse con metal en una denuncia, sale disparado aleatoriamente, agrediendo estantes, libros y señores, al gusto. Los señores, y sobre todo las señoras, se indignan y miran hacia los lados, esperando que la madre de la criatura les oiga y, avergonzada, agarre del brazo al pequeño atila y salga del establecimiento, aprendiendo una lección sobre la educación de su prole.
La madre por fin llega, es una voz desde el otro lado del pasillo, el comienzo de la carrera, y avanza segura sobre sus tacones, cabeza alta, coge de la mano al monstruito y, divertida, se aleja con él, ante la mirada de indignación de la clientela.
El pequeño aún puede liberarse un instante de la mano de su madre, dar una última carrera hasta la escalera mecánica, regalándome un lanzamiento definitivo contra uno de los señores que barbarizaba.
Lo echo de menos.
La madre por fin llega, es una voz desde el otro lado del pasillo, el comienzo de la carrera, y avanza segura sobre sus tacones, cabeza alta, coge de la mano al monstruito y, divertida, se aleja con él, ante la mirada de indignación de la clientela.
El pequeño aún puede liberarse un instante de la mano de su madre, dar una última carrera hasta la escalera mecánica, regalándome un lanzamiento definitivo contra uno de los señores que barbarizaba.
Lo echo de menos.
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43.Lapsus
- Perdona, ¿me puedes decir dónde puedo encontrar libros de Espido Lindo?
Es que por la L no la encuentro.
Es que por la L no la encuentro.
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sábado 1 de noviembre de 2008
42. La noche del terror
Son las 8.30, quizás las 9 de la noche. Se oye la ducha en el baño mientras yo veo morir a Don Vito Corleone. De pronto el timbre, y el saltito leve del cuerpo cuando se sorprende. No acierto siquiera a parar el DVD, me levanto y corro hacia la puerta, curiosa. A través de la mirilla las pequeñas cabecitas dan una imagen bastante cómica. Abro, y justo se les apaga la luz del pasillo.
¡Truco o trato!
Golpe maestro lo de la luz. Si llegan a decir suto o muete habría elegido muete.
- Un momento, un momento, voy a ver - y me doy la vuelta pensando que mi oferta de golosinas se resume a unas galletas dietéticas con frutas del bosque. Por supuesto, fue una ilusa si pensé que la marabunta iba a quedarse esperando en el quicio de la puerta a que yo volviera con el impuesto revolucionario. El cabecilla (uno con un traje de supermán) empujó la rendijita y los siete enanos y enanas se colaron en mi casa, con sus trajes, sus capas y sus bolsas de caramelos, y fueron directos a la atracción principal.
- ¡Mira!¡Un gato negro!
No, es un pitbull, lo que pasa es que está disfrazado de Haloween. A la pobre le habría venido bien, ser un pitbull, digo. Ella, que no tiene mucha simpatía por los niños, todo hay que decirlo, cuando vio a los 7 fantásticos, con sus trajes de princesas, vampiros o superhéroes, abalanzarse sobre su cuerpecito peludo, se convirtió en la pantera rosa recién centrifugada
- No, no, no la toquen, es una gata mala - o una serpiente venenosa, o el anticristo, o un jarrón chino.
Pero eran valientes, y yo que ya los veía irse con una r escarlata en la cara, saqué la caja de bombones artesanales que me trajo una amiga de chile, y decidí sacrificarlos por la causa - hay que ver lo que se agudiza el ingenio en los momentos desesperados.
- A ver. Uno por aquí, otro por aquí...
Todos los renacuajos abrían sus bolsitas de caramelos, um, qué rico, bombones, yo me lo como ahora, dijo uno que ya no sé sabía de qué color tenía pintada la cara... y las manos.
Sólo uno, con la bolsa pegada a su cuerpo, extendía la mano que tenía libre y en la que atesoraba tres o cuatro monedas, mirándome fijamente. No pude más que reir mientras le pedía que abriera la bolsa para darle el bombón (el bombón artesanal que repartía a las visitas en las grandes ocasiones, como la presley, y que se había convertido momentáneamente en el rescate a pagar por mi gata-esponja) y él lo hacía, cerrando cuidadosamente la mano para que no se cayeran las monedas. Claro, la crisis.
Volví al sillón. Ya Don Vito estaba en el suelo y su nieto corría por el jardín.
Rua vino a refugiarse bajo los cojines. Oí el timbre del vecino, y lo sentí levantarse y caminar hasta la puerta. Casi pude cantar a coro.
¡Suto o muete!
¡Truco o trato!
Golpe maestro lo de la luz. Si llegan a decir suto o muete habría elegido muete.
- Un momento, un momento, voy a ver - y me doy la vuelta pensando que mi oferta de golosinas se resume a unas galletas dietéticas con frutas del bosque. Por supuesto, fue una ilusa si pensé que la marabunta iba a quedarse esperando en el quicio de la puerta a que yo volviera con el impuesto revolucionario. El cabecilla (uno con un traje de supermán) empujó la rendijita y los siete enanos y enanas se colaron en mi casa, con sus trajes, sus capas y sus bolsas de caramelos, y fueron directos a la atracción principal.
- ¡Mira!¡Un gato negro!
No, es un pitbull, lo que pasa es que está disfrazado de Haloween. A la pobre le habría venido bien, ser un pitbull, digo. Ella, que no tiene mucha simpatía por los niños, todo hay que decirlo, cuando vio a los 7 fantásticos, con sus trajes de princesas, vampiros o superhéroes, abalanzarse sobre su cuerpecito peludo, se convirtió en la pantera rosa recién centrifugada
- No, no, no la toquen, es una gata mala - o una serpiente venenosa, o el anticristo, o un jarrón chino.
Pero eran valientes, y yo que ya los veía irse con una r escarlata en la cara, saqué la caja de bombones artesanales que me trajo una amiga de chile, y decidí sacrificarlos por la causa - hay que ver lo que se agudiza el ingenio en los momentos desesperados.
- A ver. Uno por aquí, otro por aquí...
Todos los renacuajos abrían sus bolsitas de caramelos, um, qué rico, bombones, yo me lo como ahora, dijo uno que ya no sé sabía de qué color tenía pintada la cara... y las manos.
Sólo uno, con la bolsa pegada a su cuerpo, extendía la mano que tenía libre y en la que atesoraba tres o cuatro monedas, mirándome fijamente. No pude más que reir mientras le pedía que abriera la bolsa para darle el bombón (el bombón artesanal que repartía a las visitas en las grandes ocasiones, como la presley, y que se había convertido momentáneamente en el rescate a pagar por mi gata-esponja) y él lo hacía, cerrando cuidadosamente la mano para que no se cayeran las monedas. Claro, la crisis.
Volví al sillón. Ya Don Vito estaba en el suelo y su nieto corría por el jardín.
Rua vino a refugiarse bajo los cojines. Oí el timbre del vecino, y lo sentí levantarse y caminar hasta la puerta. Casi pude cantar a coro.
¡Suto o muete!
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jueves 30 de octubre de 2008
41. El lujo de Xoel López

Fotos de Beatriz Basanta
"Deluxe, sí hombre, el cantautor ese popero gafipasti"
Efectivamente, Xoel López no deja de ser un cantautor, popero y gafipasti.
A mí me gusta, pero claro, a mí me gustan los cantautores y los poperos y los gafipastis ( no todos, claro) pero no es tan raro, al fin y al cabo, que me guste. Eso no lo hace diferente.
Me gusta por sus letras, sobre todo. Me gusta por la manera en la que sus canciones se cuelan en mis oidos, y en mi cabeza, casi sin querer. Me gusta su voz, y su pose. Me gusta la fotografía de Beatriz Basanta, que ayuda a que comprarse Fin de un viaje infinito, tener su libreto en las manos, sea una buena inversión, en los tiempos que corren.
Por eso ayer yo iba ya convencida.
Lo raro es que lo que vi sobre el escenario no fue lo que esperaba. Me encontré con un músico impecable que, acompañado por una buena banda ("la mejor del universo"), sabía interpretarse y reinterpretarse, con la personalidad suficiente para ser un personaje y conquistar al público, y el sentimiento suficiente para que no fuera impostado.
Y aún más. Es difícil explicar la energía que irradiaban. Él, una marioneta colgada por la nuca de un trozo de tanza, las piernas y los brazos que se movían eléctricos a merced de la guitarra, y aún así cada golpe de luz daba la foto, el salto, la pose necesaria. Un profesional.
La banda, completamente incorporada en los temas, y nosotros, saltando, aplaudiendo, con el cuerpo que se nos quedaba chico.
Un espectáculo.
Hay quien diga que exagero. Seguro. Pero es que fue uno de esos conciertos en los que el grupo toca para ti, en los que te devuelven la fe en canciones olvidadas, en los que consiguen que te gusten aquellas que nunca te convencieron. Fue uno de esos conciertos que constituyen una parte fundamental de la vida del grupo, y no una imposición de la discográfica.
Entiéndase entonces que, en plena resaca, mi objetividad esté algo afectada.
En cualquier caso, este no era un concierto más.
Resulta que Deluxe se acaba. Xoel ha decidido cambiar de proyecto y de vida, reinventarse como músico, darle más cancha a su faceta de autor. (Nos enteramos ayer por El País)
Reinventarse es siempre un lujo, y él lo hace porque puede, porque Deluxe es ya un proyecto sólido, redondo, que vale la pena.
Tal vez por eso, anoche lo dieron todo, sin ser del todo un adiós.
Como va a serlo, con un nuevo disco, de caras b, sí, pero con ese título, y ese single.
Reconstrucción
A mí sólo me queda agradecerlerle a Tone que me lo regalara hace tanto tiempo, y de paso que siempre se empeñe en hacerme creer en la música.
Eso, y comprarme el nuevo disco, el último... o el primero.
A mí me gusta, pero claro, a mí me gustan los cantautores y los poperos y los gafipastis ( no todos, claro) pero no es tan raro, al fin y al cabo, que me guste. Eso no lo hace diferente.
Me gusta por sus letras, sobre todo. Me gusta por la manera en la que sus canciones se cuelan en mis oidos, y en mi cabeza, casi sin querer. Me gusta su voz, y su pose. Me gusta la fotografía de Beatriz Basanta, que ayuda a que comprarse Fin de un viaje infinito, tener su libreto en las manos, sea una buena inversión, en los tiempos que corren.
Por eso ayer yo iba ya convencida.
Lo raro es que lo que vi sobre el escenario no fue lo que esperaba. Me encontré con un músico impecable que, acompañado por una buena banda ("la mejor del universo"), sabía interpretarse y reinterpretarse, con la personalidad suficiente para ser un personaje y conquistar al público, y el sentimiento suficiente para que no fuera impostado.
Y aún más. Es difícil explicar la energía que irradiaban. Él, una marioneta colgada por la nuca de un trozo de tanza, las piernas y los brazos que se movían eléctricos a merced de la guitarra, y aún así cada golpe de luz daba la foto, el salto, la pose necesaria. Un profesional.
La banda, completamente incorporada en los temas, y nosotros, saltando, aplaudiendo, con el cuerpo que se nos quedaba chico.
Un espectáculo.
Hay quien diga que exagero. Seguro. Pero es que fue uno de esos conciertos en los que el grupo toca para ti, en los que te devuelven la fe en canciones olvidadas, en los que consiguen que te gusten aquellas que nunca te convencieron. Fue uno de esos conciertos que constituyen una parte fundamental de la vida del grupo, y no una imposición de la discográfica.
Entiéndase entonces que, en plena resaca, mi objetividad esté algo afectada.
En cualquier caso, este no era un concierto más.
Resulta que Deluxe se acaba. Xoel ha decidido cambiar de proyecto y de vida, reinventarse como músico, darle más cancha a su faceta de autor. (Nos enteramos ayer por El País)
Reinventarse es siempre un lujo, y él lo hace porque puede, porque Deluxe es ya un proyecto sólido, redondo, que vale la pena.
Tal vez por eso, anoche lo dieron todo, sin ser del todo un adiós.
Como va a serlo, con un nuevo disco, de caras b, sí, pero con ese título, y ese single.
Reconstrucción
A mí sólo me queda agradecerlerle a Tone que me lo regalara hace tanto tiempo, y de paso que siempre se empeñe en hacerme creer en la música.
Eso, y comprarme el nuevo disco, el último... o el primero.
miércoles 29 de octubre de 2008
40- Funciona
- Hola, buenas. Mira, yo quería hacer un regalo y era para ver si me podías recomendar un libro
- Sí, claro ¿qué tipo de libros suele leer?
- Le gustan estos de misterio... pero basados en la historia... con cosas de religión
Ya estamos. Voy hacia el estante de "sucedáneos del código da vinci" (no se llama así pero debería) y miro las novedades. El señor ya tiene uno en la mano.
- Había pensado este
- Ah, sí, sí. Ese está muy bien.
- ¿Sí?
- Sí. Yo no lo he leído, pero por lo que han dicho...
- Ajá. Bueno, pues quería llevarme también otro
- Sí... - Miro el top de ventas. Egipto. Lo cojo al vuelo - Este se vende muy bien
- ¿Sí?
- Nos lo quitan de las manos.
Mano de santo.
- Sí, claro ¿qué tipo de libros suele leer?
- Le gustan estos de misterio... pero basados en la historia... con cosas de religión
Ya estamos. Voy hacia el estante de "sucedáneos del código da vinci" (no se llama así pero debería) y miro las novedades. El señor ya tiene uno en la mano.
- Había pensado este
- Ah, sí, sí. Ese está muy bien.
- ¿Sí?
- Sí. Yo no lo he leído, pero por lo que han dicho...
- Ajá. Bueno, pues quería llevarme también otro
- Sí... - Miro el top de ventas. Egipto. Lo cojo al vuelo - Este se vende muy bien
- ¿Sí?
- Nos lo quitan de las manos.
Mano de santo.
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39- Material para una pesadilla
"A las 19 dejas lo que estés haciendo y te pones a recoger la sala"
De 19 a 21 la librería está en su punto máximo de afluencia. Yo me peleo con la multitud -perdón, perdón- y me sitúo delante de "ciencia ficción y fantástica".
Por algún sitio hay que empezar.
Los de DragonLance están todos por el suelo (qué ediciones más feas, por favor) del señor de los anillos casi no quedan y hay unos huecos horribles, que a ver cómo me las arreglo para llenar. Por fin termino y paso a lilteratura española, un verdadero alivio. Me dan trabajo sobre todo los de cátedra, lecturas obligatorias, claro. Después de sentarme en el suelo y subirme al taburete 35 veces, ir a buscar libros a los roles, con cuatro mil interrupciones de por medio - perdona, ¿Gomorra no te ha llegado? - termino con la mitad de la sección, y me he echo hacia atrás para contemplar mi obra.
Los de DragonLance están todos por el suelo. Del señor de los anillos casi no quedan y hay unos huecos horribles que no sé cómo voy a llenar.
Material para una pesadilla, o un mito clásico.
De 19 a 21 la librería está en su punto máximo de afluencia. Yo me peleo con la multitud -perdón, perdón- y me sitúo delante de "ciencia ficción y fantástica".
Por algún sitio hay que empezar.
Los de DragonLance están todos por el suelo (qué ediciones más feas, por favor) del señor de los anillos casi no quedan y hay unos huecos horribles, que a ver cómo me las arreglo para llenar. Por fin termino y paso a lilteratura española, un verdadero alivio. Me dan trabajo sobre todo los de cátedra, lecturas obligatorias, claro. Después de sentarme en el suelo y subirme al taburete 35 veces, ir a buscar libros a los roles, con cuatro mil interrupciones de por medio - perdona, ¿Gomorra no te ha llegado? - termino con la mitad de la sección, y me he echo hacia atrás para contemplar mi obra.
Los de DragonLance están todos por el suelo. Del señor de los anillos casi no quedan y hay unos huecos horribles que no sé cómo voy a llenar.
Material para una pesadilla, o un mito clásico.
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martes 28 de octubre de 2008
38- "Este se vende muy bien"
Ahí estaba yo, de pie frente al mueble de novela romántica, mirándolo, al mueble, y al chico, alternativamente.
Tenía unos 20 años y era mi primer cliente
-Hola, mira, que le voy a hacer un regalo a una chica, tiene 23 años y le gusta Danielle Steel. Ya le he cogido este - me enseña un libro que se llama "Querido papá" y que en la portada tiene una foto de una mano adulta con la manita de un bebé sobre la palma- pero me gustaría comprarle dos, y era a ver si tú me podías recomendar alguno del mismo estilo.
Qué mono.
Vuelvo a mirar la estantería, esperando que me diga algo, la estantería, no el chico, que permanece a mi lado calladito esperando un sabio consejo.
Nada, ni mú.
Busco a mi compañero con la vista, y me dirijo a él. Perdona, es que este chico...
Alejandro, que así se llama mi compañero, levanta la cabeza y dice "mira, ¿ves ese que tiene a Richard Gere en la portada? Ese está muy bien, van a hacer la película ahora, se lo están llevando mucho"
Mientras mi primer cliente se aleja encantado con sus dos libros en ristre- hay que ver lo que lee la juventud- Alejandro me pone la mano sobre el hombro y me susurra el secreto.
- Miras a la estantería de novedades, el primero que veas, se lo das y le dices las palabras mágicas. Mano de santo.
Tenía unos 20 años y era mi primer cliente
-Hola, mira, que le voy a hacer un regalo a una chica, tiene 23 años y le gusta Danielle Steel. Ya le he cogido este - me enseña un libro que se llama "Querido papá" y que en la portada tiene una foto de una mano adulta con la manita de un bebé sobre la palma- pero me gustaría comprarle dos, y era a ver si tú me podías recomendar alguno del mismo estilo.
Qué mono.
Vuelvo a mirar la estantería, esperando que me diga algo, la estantería, no el chico, que permanece a mi lado calladito esperando un sabio consejo.
Nada, ni mú.
Busco a mi compañero con la vista, y me dirijo a él. Perdona, es que este chico...
Alejandro, que así se llama mi compañero, levanta la cabeza y dice "mira, ¿ves ese que tiene a Richard Gere en la portada? Ese está muy bien, van a hacer la película ahora, se lo están llevando mucho"
Mientras mi primer cliente se aleja encantado con sus dos libros en ristre- hay que ver lo que lee la juventud- Alejandro me pone la mano sobre el hombro y me susurra el secreto.
- Miras a la estantería de novedades, el primero que veas, se lo das y le dices las palabras mágicas. Mano de santo.
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jueves 23 de octubre de 2008
36- Fama efímera
Calle General Oraá, número 12.
No es la primera vez que voy, sin embargo tengo que volver a mirar el callejero del google maps, y apuntarme mis propias indicaciones a boli, y consultar la ruta más rápida en la página de metromadrid.
Tirso-Gran Vía en la azul, Gran vía- Rubén Darío en la verde.
Nada, ni me suena.
Es increible la mala memoria que tengo para estas cosas.
Llamo antes de salir, quiero saber hasta que hora puedo pedir el visado.
Hasta las 12, me contesta una voz familiar al otro lado del teléfono.
Son las 11.14.
¿A las 12?- Pregunto- ¿No me da tiempo?
Depende- contesta- ¿dónde estás?
Titubeo un poco, en mi casa, estoy a punto de decir, pero rectifico a tiempo, "aquí, en el centro" (que vengo siendo yo, al parecer)
Ah, pensé que estabas en andalucía, entonces no te habría dado tiempo.
Reconozco entonces, tras la voz y el acento familiar, el inconfundible sentido del humor del señordedetrásdelaventanilladelosvisados.
Soy canaria - aclaro- pero desde lavapiés ahí no me da tiempo de llegar antes de las 12.
Bueno venga, pues hasta las 12.30.
Cuando salgo del metro me doy de bruces con el mismo camino de la otra vez, y lo recuerdo, aunque sería incapaz de llegar a la embajada sin mi rudimentario planito.
De hecho, recuerdo incluso que la última vez hacía buen tiempo, y había un hombre afeitándose en una fuente de agua potable de las ramblas, entre los árboles.
Fuentes, árboles y pobres afeitados. Otra ciudad.
Por fin llego veo la bandera raída y sucia, que destaca entre el resto de embajadas glamurosas de la zona, y abro la pesada puerta de madera tras la que se abre la única estancia. Todos los presentes, más de los que objetivamente cabían en la habitación, se volvieron a mirarme. Sin excepción. Al final de la habitación se levanta un mostrador de madera y sobre él un cristal entero, que, más allá de la capacidad de transmisión sonora del pequeño agujerito ovalado que sirve para pasar los documentos, da la impresión de muro infranqueable, lo que hace que los usuarios peguen la cara al cristal desproporcionadamente, e incluso eleven la voz, haciendo partícipes de sus gestiones a todos los presentes. Eso, quieras que no, entretiene.
El turnomatic vacío me obliga a preguntar quiéndalavez. Por suerte dos señoras con un montón de recibos en la mano se han autodesignado encargadas de explicar a los recién llegados quiéndalavez, cómo va la cola, cuánto vale el trámite, los papeles que te faltan y lo que sea menester –deberían pagarles. Lo digo en serio.
Cuando estoy sentada en medio de estas dos señoras- una tiene que saber relacionarse- descubro que también son la radio local.
-Qué barbaridad, mientras siga entrando gente a entregar, a nosotras no nos toca nunca
- Es que de verdad, son las doce y media y siguen llegando... Estas cosas antes no pasaban
Yo, en el centro del partido de ping - pong, temerosa de que me quemen en la hoguera por haber entrado poco antes de las y veinte, hablo.
- Ay ¿No se pueden ya presentar papeles?
- Hasta las doce – me dice la señora de la derecha, llamémosla A, que estaba esperando mi pregunta.
- Ay, pues es que a mí me dijeron que hasta las 12 y media.
- Antes era así – apostilla la señora B, son todo un equipo- pero ahora lo cambiaron, y claro, hasta que no acaben de presentar los papeles, no nos entregan los visados.
- Y no pueden pasar ustedes en su turno...- pregunto, sinceramente sensibilizada con su drama humano.
- No No No – asegura la señora A y añade, bajito – Pasamos cuando Él quiera.
Las tres miramos a la ventanilla-muralla, para observar al señor que tiene nuestra mañana en sus manos.
- ¿Sabes cómo se llama?
La señora B niega con la cabeza
- Abderramán – dice una tercera señora, y ante nuestra mirara desconfiada añade -creo
- Es que aquí hay que venir sin horarios – dijo la señora B, sin dejar de mirar la ventanilla - ¿sabes? Sin nada que hacer después.
Justo en ese momento Abderramán le pide 8,50 al cliente de turno y yo recuerdo que no he traído dinero suelto ¿Habrá que pagar al pedir el visado o al recogerlo?
- Al pedirlo – dicen mis amigas al unísono- ¿no tienes dinero?
- No, pero voy a intentar que me coja los papeles y luego vengo a pagar.
- Já – la señora A no pudo evitar dar un respingo – mira a ver si tienes suerte, yo no sé si te va a dejar – bajando de nuevo la voz, como siempre que se referían a Abderramán, el supremo.
La próxima soy yo – menos mal que las señoras están al loro- así que me levanto y me acerco a la ventanilla. Ellas, desde las sillas, me dan ánimos “a ver si te lo coge, mi niña” dice una, “yo espero que sí” dice la otra.
El señor que está delante mía saca un billete de 50 euros. Abderramán se enfada “yo no tengo cambio, pregúntale a la chica”
Las risas socarronas no se hacen esperar “si la chica no trajo ni dinero” se encargan las señoras de informar a los parroquianos, que si no no entendían el chiste. Por fin el señor de delante encuentra el cambio y todos dejan de mirarme, todos menos las señoras, claro, que esperan a que me devoren los leones.
- Tú eres la del teléfono ¿no? lavapiés – me dice Abderramán para confirmar que nos conocemos, mientras yo le entrego la documentación en un mar de disculpas por lo del dinero. Mira la carta. Ministerio es gratis, dice, y yo respiro y miro a las señoras triunfante.
Vuelve a mirar la carta, y la solicitud, y la carta otra vez- ¿Dónde está tu amigo?- dice al fin
- En su casa – le digo, elevando la voz- en Las Palmas de Gran Canaria
- ¿Pero dónde?
- En su casa – digo, más alto, mientras Abderramán se desespera y me señala la solicitud donde pone “profesión: profesor de español en la Universidad de Argel” – Ahh, sí, sí, profesor de español, LECTORADO
- No posible
- Sí- digo, cada vez gritando más – LEC-TO-RA-DO
- No, no posible él profesor español en Argel si él nunca en Argel – vuelve a señalar la solicitud. Donde pone “¿Ha estado alguna vez en Argel?” puede leerse claramente “No”, justo debajo de la casilla de “apellido de soltera” – ¿Él ahora dónde?
- ¿Dónde trabaja?
- Sí donde trabajo
- No, el no trabajo
- ¿Universidad de Argel contrata a alguien no trabajo?- dice, presa de la indignación, mientras yo vuelvo a gritarle “LECTORADO, A-E-CI” pegando la cara al cristal
A esas alturas ya soy la comidilla de la sala. Un rumor, encabezado por las señoras, empieza a adueñarse de la habitación que una vez más, me mira al compás. Tengo la impresión de que van a intervenir de un momento a otro, cuando una mujer entra por la puerta como una exhalación y se acerca decidida a la ventanilla, colándose descaradamente a las señoras e interrumpiendo mi show.
- Abderramán – le dice- te traje el papel ¿qué tienes de lo mío?
- De lo tuyo nada hoy
- ¿Seguro? Bueno, pues te voy dando estas solicitudes, ¿vale? Míralas a ver si está todo...
El rumor de la sala aumenta, todos los presentes despotrican contra el nuevo fenómeno mediático, orquestadas por supuesto por las dos señoras, mientras yo aprovecho para escapar con el recibo, el teléfono y el fax que el ser supremo me ha dado para que el parado le explique cómo trabaja en la Universidad de Argel sin haber estado allí nunca, y aún puedo escuchar al vuelo un “qué verguenza”, “siempre igual” mientras dejo caer tras mi espalda la pesada puerta de madera.
No es la primera vez que voy, sin embargo tengo que volver a mirar el callejero del google maps, y apuntarme mis propias indicaciones a boli, y consultar la ruta más rápida en la página de metromadrid.
Tirso-Gran Vía en la azul, Gran vía- Rubén Darío en la verde.
Nada, ni me suena.
Es increible la mala memoria que tengo para estas cosas.
Llamo antes de salir, quiero saber hasta que hora puedo pedir el visado.
Hasta las 12, me contesta una voz familiar al otro lado del teléfono.
Son las 11.14.
¿A las 12?- Pregunto- ¿No me da tiempo?
Depende- contesta- ¿dónde estás?
Titubeo un poco, en mi casa, estoy a punto de decir, pero rectifico a tiempo, "aquí, en el centro" (que vengo siendo yo, al parecer)
Ah, pensé que estabas en andalucía, entonces no te habría dado tiempo.
Reconozco entonces, tras la voz y el acento familiar, el inconfundible sentido del humor del señordedetrásdelaventanilladelosvisados.
Soy canaria - aclaro- pero desde lavapiés ahí no me da tiempo de llegar antes de las 12.
Bueno venga, pues hasta las 12.30.
Cuando salgo del metro me doy de bruces con el mismo camino de la otra vez, y lo recuerdo, aunque sería incapaz de llegar a la embajada sin mi rudimentario planito.
De hecho, recuerdo incluso que la última vez hacía buen tiempo, y había un hombre afeitándose en una fuente de agua potable de las ramblas, entre los árboles.
Fuentes, árboles y pobres afeitados. Otra ciudad.
Por fin llego veo la bandera raída y sucia, que destaca entre el resto de embajadas glamurosas de la zona, y abro la pesada puerta de madera tras la que se abre la única estancia. Todos los presentes, más de los que objetivamente cabían en la habitación, se volvieron a mirarme. Sin excepción. Al final de la habitación se levanta un mostrador de madera y sobre él un cristal entero, que, más allá de la capacidad de transmisión sonora del pequeño agujerito ovalado que sirve para pasar los documentos, da la impresión de muro infranqueable, lo que hace que los usuarios peguen la cara al cristal desproporcionadamente, e incluso eleven la voz, haciendo partícipes de sus gestiones a todos los presentes. Eso, quieras que no, entretiene.
El turnomatic vacío me obliga a preguntar quiéndalavez. Por suerte dos señoras con un montón de recibos en la mano se han autodesignado encargadas de explicar a los recién llegados quiéndalavez, cómo va la cola, cuánto vale el trámite, los papeles que te faltan y lo que sea menester –deberían pagarles. Lo digo en serio.
Cuando estoy sentada en medio de estas dos señoras- una tiene que saber relacionarse- descubro que también son la radio local.
-Qué barbaridad, mientras siga entrando gente a entregar, a nosotras no nos toca nunca
- Es que de verdad, son las doce y media y siguen llegando... Estas cosas antes no pasaban
Yo, en el centro del partido de ping - pong, temerosa de que me quemen en la hoguera por haber entrado poco antes de las y veinte, hablo.
- Ay ¿No se pueden ya presentar papeles?
- Hasta las doce – me dice la señora de la derecha, llamémosla A, que estaba esperando mi pregunta.
- Ay, pues es que a mí me dijeron que hasta las 12 y media.
- Antes era así – apostilla la señora B, son todo un equipo- pero ahora lo cambiaron, y claro, hasta que no acaben de presentar los papeles, no nos entregan los visados.
- Y no pueden pasar ustedes en su turno...- pregunto, sinceramente sensibilizada con su drama humano.
- No No No – asegura la señora A y añade, bajito – Pasamos cuando Él quiera.
Las tres miramos a la ventanilla-muralla, para observar al señor que tiene nuestra mañana en sus manos.
- ¿Sabes cómo se llama?
La señora B niega con la cabeza
- Abderramán – dice una tercera señora, y ante nuestra mirara desconfiada añade -creo
- Es que aquí hay que venir sin horarios – dijo la señora B, sin dejar de mirar la ventanilla - ¿sabes? Sin nada que hacer después.
Justo en ese momento Abderramán le pide 8,50 al cliente de turno y yo recuerdo que no he traído dinero suelto ¿Habrá que pagar al pedir el visado o al recogerlo?
- Al pedirlo – dicen mis amigas al unísono- ¿no tienes dinero?
- No, pero voy a intentar que me coja los papeles y luego vengo a pagar.
- Já – la señora A no pudo evitar dar un respingo – mira a ver si tienes suerte, yo no sé si te va a dejar – bajando de nuevo la voz, como siempre que se referían a Abderramán, el supremo.
La próxima soy yo – menos mal que las señoras están al loro- así que me levanto y me acerco a la ventanilla. Ellas, desde las sillas, me dan ánimos “a ver si te lo coge, mi niña” dice una, “yo espero que sí” dice la otra.
El señor que está delante mía saca un billete de 50 euros. Abderramán se enfada “yo no tengo cambio, pregúntale a la chica”
Las risas socarronas no se hacen esperar “si la chica no trajo ni dinero” se encargan las señoras de informar a los parroquianos, que si no no entendían el chiste. Por fin el señor de delante encuentra el cambio y todos dejan de mirarme, todos menos las señoras, claro, que esperan a que me devoren los leones.
- Tú eres la del teléfono ¿no? lavapiés – me dice Abderramán para confirmar que nos conocemos, mientras yo le entrego la documentación en un mar de disculpas por lo del dinero. Mira la carta. Ministerio es gratis, dice, y yo respiro y miro a las señoras triunfante.
Vuelve a mirar la carta, y la solicitud, y la carta otra vez- ¿Dónde está tu amigo?- dice al fin
- En su casa – le digo, elevando la voz- en Las Palmas de Gran Canaria
- ¿Pero dónde?
- En su casa – digo, más alto, mientras Abderramán se desespera y me señala la solicitud donde pone “profesión: profesor de español en la Universidad de Argel” – Ahh, sí, sí, profesor de español, LECTORADO
- No posible
- Sí- digo, cada vez gritando más – LEC-TO-RA-DO
- No, no posible él profesor español en Argel si él nunca en Argel – vuelve a señalar la solicitud. Donde pone “¿Ha estado alguna vez en Argel?” puede leerse claramente “No”, justo debajo de la casilla de “apellido de soltera” – ¿Él ahora dónde?
- ¿Dónde trabaja?
- Sí donde trabajo
- No, el no trabajo
- ¿Universidad de Argel contrata a alguien no trabajo?- dice, presa de la indignación, mientras yo vuelvo a gritarle “LECTORADO, A-E-CI” pegando la cara al cristal
A esas alturas ya soy la comidilla de la sala. Un rumor, encabezado por las señoras, empieza a adueñarse de la habitación que una vez más, me mira al compás. Tengo la impresión de que van a intervenir de un momento a otro, cuando una mujer entra por la puerta como una exhalación y se acerca decidida a la ventanilla, colándose descaradamente a las señoras e interrumpiendo mi show.
- Abderramán – le dice- te traje el papel ¿qué tienes de lo mío?
- De lo tuyo nada hoy
- ¿Seguro? Bueno, pues te voy dando estas solicitudes, ¿vale? Míralas a ver si está todo...
El rumor de la sala aumenta, todos los presentes despotrican contra el nuevo fenómeno mediático, orquestadas por supuesto por las dos señoras, mientras yo aprovecho para escapar con el recibo, el teléfono y el fax que el ser supremo me ha dado para que el parado le explique cómo trabaja en la Universidad de Argel sin haber estado allí nunca, y aún puedo escuchar al vuelo un “qué verguenza”, “siempre igual” mientras dejo caer tras mi espalda la pesada puerta de madera.
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Pura coincidencia
35- Redacción: Lamigadelosanimales
Mi amiga Laura es veterinaria.
Tiene suerte, quiso serlo desde chiquitita.
Yo no estaba, pero me consta, eso y que estaba casi tan loca como ahora.
Tal vez todos quisimos serlo, veterinarios digo, de chicos.
Yo, al menos sí, tenía debilidad por los bichos; perros, gatos, hamsters (¿hámsteres?), pájaros... Las tortugas nunca me hicieron mucha gracia.
Mi vocación acabó aquella tarde, lo recuerdo como si fuera ayer, en la que vi a la veterinaria familiar (en mi casa tenemos de eso) apretar no sé qué glándulas apestosas del culo de nuestro perro.
Era una vocación bastante endeble.
Lo curioso de Laura, por tanto, no es su vocación temprana.
A ella, al contrario de casi todos los veterinarios vocacionales que se precien, no le gusta la clínica de pequeños.
No le gusta atender a esos seres peludos y mimados en brazos de sus dueños, probablemente más por los dueños histéricos que por los pequeños pacientes peludos, que al fin y al cabo no tienen la culpa de estar tan malcriados.
A Laura le gustan los bichos grandes, esas vacas de mirada tierna y vacía, de patas enormes, y sobre todo sus dueños, campechanos, amables, que invitan a café.
Mi amiga Laura es veterinaria, y trabaja en una clínica de pequeños.
Lo peor, sin duda, son los dueños.
A veces le dan ganas de colgarlos, y lo hace, de hecho, en su blog.
Tenemos suerte, gracias a esos arranques homicidas (simbólicos) podemos estar al día sobre productos de belleza inverosímiles, las ultimas tendencias en nombres de perro, y, sobre todo, de la pintoresca fauna de la clínica, y del barrio, y del bar de la esquina.
Cuando Laura habla (y escribe) de sus clientes lo hace con sorna, con ironía, nos arranca carcajadas y parece muy lejos de todas esas preocupaciones banales con los que la torturan, llamándola a horas intespestivas, tocándole en la ventanita de la puerta.
Sin embargo, no hay que creérselo mucho.
Yo la he visto desvivirse por explicarle a un dueño preocupado como bañar al mil leches con un producto especial para evitar esas escamitas en la piel, y asentir sonriente, casi enternecida, cuando el señor mira al suelo, sonrojado, y afirma "es que a esto- acariciando al chucho hasta casi desgastarlo-... sólo le falta hablar"
Hace unos años Laura recogió para mí, de entre gatos conjuntivíticos y moscas, una bola peluda de uñas y dientes, salvándola, - a ella, o a mí, o a ambas- , y que yo me he encargado de convertir - como buena dueña histérica, carne de blog - en una gata gorda y malcriada que le bufa cuando entra en casa, lo que a ella la enfada, o pone triste, o ambas cosas.
Parecería que sus diferencias son irreconciliables.
Sin embargo, no hay que creérselo mucho.
Yo las he visto quererse, cuando nadie mira.
Hace unos días unos ojos azules (azules azules) se cruzaron en la vida de mi amiga Laura y le volvieron el mundo del revés, sólo un ratito, lo suficiente.
Noté su tristeza al otro lado del teléfono. Esa tristeza inconsolable y silenciosa, y por silenciosa más inconsolable aún que cualquier llanto desatado.
Era pequeña y blanca, se llamaba Marlene, y nos tuvo a todos en vilo tres días. Era pequeña y blanca y casi la conocí, por las descripciones, por los parecidos, por la tristeza inconsolable.
Parecería que tanto esfuerzo no sirvió para mucho.
Sin embargo.
Mi amiga Laura es veterinaria, y no le gusta trabajar con animales pequeños.
Sin embargo, cuando está de vacaciones, se para hablar con los dueños que pasean a sus perros, y aprovecha para tocarlos, palparles el abdomen, revisarles los colmillos.
Tiene suerte, quiso serlo desde chiquitita.
Yo no estaba, pero me consta, eso y que estaba casi tan loca como ahora.
Tal vez todos quisimos serlo, veterinarios digo, de chicos.
Yo, al menos sí, tenía debilidad por los bichos; perros, gatos, hamsters (¿hámsteres?), pájaros... Las tortugas nunca me hicieron mucha gracia.
Mi vocación acabó aquella tarde, lo recuerdo como si fuera ayer, en la que vi a la veterinaria familiar (en mi casa tenemos de eso) apretar no sé qué glándulas apestosas del culo de nuestro perro.
Era una vocación bastante endeble.
Lo curioso de Laura, por tanto, no es su vocación temprana.
A ella, al contrario de casi todos los veterinarios vocacionales que se precien, no le gusta la clínica de pequeños.
No le gusta atender a esos seres peludos y mimados en brazos de sus dueños, probablemente más por los dueños histéricos que por los pequeños pacientes peludos, que al fin y al cabo no tienen la culpa de estar tan malcriados.

A Laura le gustan los bichos grandes, esas vacas de mirada tierna y vacía, de patas enormes, y sobre todo sus dueños, campechanos, amables, que invitan a café.
Mi amiga Laura es veterinaria, y trabaja en una clínica de pequeños.
Lo peor, sin duda, son los dueños.
A veces le dan ganas de colgarlos, y lo hace, de hecho, en su blog.
Tenemos suerte, gracias a esos arranques homicidas (simbólicos) podemos estar al día sobre productos de belleza inverosímiles, las ultimas tendencias en nombres de perro, y, sobre todo, de la pintoresca fauna de la clínica, y del barrio, y del bar de la esquina.
Cuando Laura habla (y escribe) de sus clientes lo hace con sorna, con ironía, nos arranca carcajadas y parece muy lejos de todas esas preocupaciones banales con los que la torturan, llamándola a horas intespestivas, tocándole en la ventanita de la puerta.
Sin embargo, no hay que creérselo mucho.
Yo la he visto desvivirse por explicarle a un dueño preocupado como bañar al mil leches con un producto especial para evitar esas escamitas en la piel, y asentir sonriente, casi enternecida, cuando el señor mira al suelo, sonrojado, y afirma "es que a esto- acariciando al chucho hasta casi desgastarlo-... sólo le falta hablar"
Hace unos años Laura recogió para mí, de entre gatos conjuntivíticos y moscas, una bola peluda de uñas y dientes, salvándola, - a ella, o a mí, o a ambas- , y que yo me he encargado de convertir - como buena dueña histérica, carne de blog - en una gata gorda y malcriada que le bufa cuando entra en casa, lo que a ella la enfada, o pone triste, o ambas cosas.
Parecería que sus diferencias son irreconciliables.
Sin embargo, no hay que creérselo mucho.
Yo las he visto quererse, cuando nadie mira.
Hace unos días unos ojos azules (azules azules) se cruzaron en la vida de mi amiga Laura y le volvieron el mundo del revés, sólo un ratito, lo suficiente.
Noté su tristeza al otro lado del teléfono. Esa tristeza inconsolable y silenciosa, y por silenciosa más inconsolable aún que cualquier llanto desatado.
Era pequeña y blanca, se llamaba Marlene, y nos tuvo a todos en vilo tres días. Era pequeña y blanca y casi la conocí, por las descripciones, por los parecidos, por la tristeza inconsolable.
Parecería que tanto esfuerzo no sirvió para mucho.
Sin embargo.
Mi amiga Laura es veterinaria, y no le gusta trabajar con animales pequeños.
Sin embargo, cuando está de vacaciones, se para hablar con los dueños que pasean a sus perros, y aprovecha para tocarlos, palparles el abdomen, revisarles los colmillos.
jueves 14 de agosto de 2008
34. Hay un hombre en España que lo hace todo
lunes 4 de agosto de 2008
jueves 17 de julio de 2008
31- Casi una reseña
Delante de la enorme cristalera rectangular, con las manos enlazadas en las espalda, observo a todos los viandantes del patio de aquel cubículo de cemento y me imagino que soy una gran empresaria, con su chaqueta y su corbata- si me imagino empresaria inmediatamente me asigno un traje de chaqueta y una corbata fina, de esas que llevan algunos amanerados y estilosos dependientes de Zara, no lo puedo evitar- que observa impertérrita en una película yanki como se mueven sus empleados, siempre ocupados, siempre cargados de papeles en carteras elegantes, por sus dependencias, en una reformulación de Escarlata O’Hara para la edad moderna.
Pienso entonces en el libro que descansa sobre la cama, esperándome, a falta de cinco páginas para el final, y que yo observo ahora, de espaldas a la cristalera y a mi ejército de hormigas, sin ninguna ansiedad por abalanzarme sobre él y devorarlo, como sería deseable, como esperaba, desde luego, después de oirte hablar sobre él con esa cadencia tan tuya que nos hace bailar en el aire como serpientes. Tu libro nunca podrá ser mejor que oirte hablando sobre él, dije, y lo sigo pensando, 120 páginas mediante. Es fácilmente constatable si pensamos que lo más revelador de todo el libro, lo que me ronda la cabeza una y otra vez es tu voz repitiendo la palabra súperman, esdrújula y claramente extranjera en tus labios, frente al supermán que yo habría leído si hubiera accedido al libro por mis ojos y no por tu voz. Seguramente me habría gustado más, ese libro pequeño, plagado de buenas ideas, de giros perfectos, de frases, como siempre, tan pulidas que casi es demasiado, pero que resultan perfectamente complejas e inquietantes, tal y como vos las quisieras, a imagen y semejanza.
Lo más curioso es que el traje de supermán de tu pequeño devorador de panfletos montoneros no está acentuado.
125 páginas no pueden dar para tanto, pensé, mientras te observaba canoso, sentado detrás de la mesa, disfrutando de tu circunloquio más que ninguno de los presentes. Y sin embargo existen estrategias, los vacíos del texto que en tu libro son tal cual, y se explicitan mediante corchetes y tres puntos, una elipsis que te deja buscando un anexo, una cita textual, un referente. La voluntad de demostrar que tienes secretos.
Regreso a la silla y abro el libro sin esfuerzo – no creo en la disciplina lectora, probablemente por mi incapacidad total para la disciplina, en general- afrontando las últimas páginas por el mero placer distraído de la lectura, de las palabras perfectamente pensadas, modeladas, en el sitio justo y el lugar correcto para convertirse en un orcuro entramado de arboles o muros con verdín. Artesanía. Todo se precipita de pronto en un giro que resuelve, que le explica al pequeño lector revolucionario que nunca podrá ser más que un mero espectador, y eso me tranquiliza. Vuelvo la vista hacia la ventana y miro de nuevo a mis pequeños empleados, que andan apresurados por los caminos dibujados para ello entre las plantas, y me parezco un poco al niño que apoyas en la vidriera de la confitería. Pienso entonces en los ceniceros, los zapatos y zaragoza. Pienso en súperman y en supermán y me siento un poco más cerca de tu texto. No del personaje, al que ahora debería empezar a añorar con una angustia casi desolada, como habría sido deseable, como habría esperado, desde luego, después de oirte hablar sobre él, con esa cadencia tan tuya que nos hace bailar en el aire como serpientes.
(Para To, porque te imaginé todo el tiempo, rubio y loco, buceando en la pileta para tocar el fondo rugoso con los dedos.)
martes 8 de julio de 2008
30. Piratas
-Piratas- repetiste, mientras me clavabas tu mirada nerviosa y te mantenías aferrado a la cuchara sumergida en la crema color mascarilla, como tomando tierra.
No me había quedado como la del libro. Y eso que hasta la había ensayado, aquella noche que vino a cenar Marina, y me había quedado tan buena, pero ahora mira, sólo servía para que tú anclaras dentro el firme propósito de repetir la misma palabra hasta que yo reaccionara.
Yo ya te había oído la primera vez, por supuesto. Y también Quique, que ya había tirado la cuchara dentro del plato, salpicando de puntitos verdes todo el mantel, y corría alrededor de tu silla exitado, tirándote de las mangas
- ¿Piratas? ¿Y cómo son, Papá? ¿cómo son?
Musité tímidamente el nombre de mi hijo, alargando levemente la última e, para que notara mi impaciencia, mientras me deleitaba en el frufru que hacían mis medias al acariciar mis piernas la una con la otra con un acompasado movimiento de tobillos.
- ¿No me dices nada? - insististe, sin soltar la cuchara ni desviar la vista.
Otra vez habías envejecido.
Habías vuelto con la piel morena y ajada, cada vez más ajada, y me habías encontrado más vieja, a pesar de mis maquillajes, de mis cremas, de mis medias que sólo salían del armario de seis en seis meses.
Me había acostumbrado a la ausencia, sinceramente debo decir que incluso me gustaba preparar tu regreso, escribirte cartas, como una adolescente, inventarme un padre para Quique que eras tú, eras en todo tú, pero eras mejor que tú porque durante seis meses al año sólo podías equivocarte la mitad de las veces.
Sin embargo, cada vez que cruzabas la puerta, cargado y exhausto, podía ver el paso del tiempo en tu cara. Si hubiera podido pedirte que renunciaras, lo habría hecho solamente para poder envejecer tranquila, en la silenciosa conformidad del paso de los días, sin darme cuenta, sin verte descubrir las marcas del tiempo en mi cuerpo, a medida que avanzabas sobre él, como los baches de una carretera desconocida.
- ¿Y llevan parches? ¿banderas negras?… Papá ¿tienen espadas?
Había perdido el miedo. El miedo a lo que podía pasarte, a que un día no quisieras regresar, o no pudiéramos reconocernos. Perder el miedo no siempre es buena señal. Por eso, mientras me contabas todos los detalles de los piratas somalíes, tranquilizándome -no va a pasar nada, imagínate lo que sería, un conflicto internacional…- llené la cuchara de mascarilla de pepino y me la metí en la boca, sin responder. Estaba asquerosa.
Aquella mañana de la mitad del año que iba en chándal cogí el teléfono sabiendo que eras tú. Con las piernas temblorosas hice cola en la primera ventanilla de información a la que se me ocurrió acudir. El funcionario abrió mucho los ojos antes de preguntar.
- ¿Piratas?
Si hubiera podido me habría tirado de la manga.
No me había quedado como la del libro. Y eso que hasta la había ensayado, aquella noche que vino a cenar Marina, y me había quedado tan buena, pero ahora mira, sólo servía para que tú anclaras dentro el firme propósito de repetir la misma palabra hasta que yo reaccionara.
Yo ya te había oído la primera vez, por supuesto. Y también Quique, que ya había tirado la cuchara dentro del plato, salpicando de puntitos verdes todo el mantel, y corría alrededor de tu silla exitado, tirándote de las mangas
- ¿Piratas? ¿Y cómo son, Papá? ¿cómo son?
Musité tímidamente el nombre de mi hijo, alargando levemente la última e, para que notara mi impaciencia, mientras me deleitaba en el frufru que hacían mis medias al acariciar mis piernas la una con la otra con un acompasado movimiento de tobillos.
- ¿No me dices nada? - insististe, sin soltar la cuchara ni desviar la vista.
Otra vez habías envejecido.
Habías vuelto con la piel morena y ajada, cada vez más ajada, y me habías encontrado más vieja, a pesar de mis maquillajes, de mis cremas, de mis medias que sólo salían del armario de seis en seis meses.
Me había acostumbrado a la ausencia, sinceramente debo decir que incluso me gustaba preparar tu regreso, escribirte cartas, como una adolescente, inventarme un padre para Quique que eras tú, eras en todo tú, pero eras mejor que tú porque durante seis meses al año sólo podías equivocarte la mitad de las veces.
Sin embargo, cada vez que cruzabas la puerta, cargado y exhausto, podía ver el paso del tiempo en tu cara. Si hubiera podido pedirte que renunciaras, lo habría hecho solamente para poder envejecer tranquila, en la silenciosa conformidad del paso de los días, sin darme cuenta, sin verte descubrir las marcas del tiempo en mi cuerpo, a medida que avanzabas sobre él, como los baches de una carretera desconocida.
- ¿Y llevan parches? ¿banderas negras?… Papá ¿tienen espadas?
Había perdido el miedo. El miedo a lo que podía pasarte, a que un día no quisieras regresar, o no pudiéramos reconocernos. Perder el miedo no siempre es buena señal. Por eso, mientras me contabas todos los detalles de los piratas somalíes, tranquilizándome -no va a pasar nada, imagínate lo que sería, un conflicto internacional…- llené la cuchara de mascarilla de pepino y me la metí en la boca, sin responder. Estaba asquerosa.
Aquella mañana de la mitad del año que iba en chándal cogí el teléfono sabiendo que eras tú. Con las piernas temblorosas hice cola en la primera ventanilla de información a la que se me ocurrió acudir. El funcionario abrió mucho los ojos antes de preguntar.
- ¿Piratas?
Si hubiera podido me habría tirado de la manga.
martes 10 de junio de 2008
29. Miedo al silencio
Al menos la mitad del día lo pasaba a solas, en su casa.
Eso, bien pensado, es mucho.
Sin familia, sin amigos, sin compañeros de trabajo.
Trabajaba en casa, con su música, o escuchando la radio, siempre los mismos programas, a las mismas horas – que extraña inquietud le causaban los sustitutos temporales de los locutores de radio- incluso a veces con la tele de fondo, muy bajita, casi un rumor, esa extraña manera de sentirse acompañado.
También salía solo, muchas veces, se iba al cine, a pasear, a los bares del centro, de compras, se escapaba algún fin de semana a una gran ciudad europea.
Sin embargo, cuando sus amigos, orgullosos de su peculiar compañero de fatigas, le presentaban ante los demás como un tipo solitario, él se imaginaba a sí mismo en la cumbre de una montaña, en una playa desierta, perdido en medio del bosque.
Un escalofrío le recorría la espalda.
Eso, bien pensado, es mucho.
Sin familia, sin amigos, sin compañeros de trabajo.
Trabajaba en casa, con su música, o escuchando la radio, siempre los mismos programas, a las mismas horas – que extraña inquietud le causaban los sustitutos temporales de los locutores de radio- incluso a veces con la tele de fondo, muy bajita, casi un rumor, esa extraña manera de sentirse acompañado.
También salía solo, muchas veces, se iba al cine, a pasear, a los bares del centro, de compras, se escapaba algún fin de semana a una gran ciudad europea.
Sin embargo, cuando sus amigos, orgullosos de su peculiar compañero de fatigas, le presentaban ante los demás como un tipo solitario, él se imaginaba a sí mismo en la cumbre de una montaña, en una playa desierta, perdido en medio del bosque.
Un escalofrío le recorría la espalda.
domingo 25 de mayo de 2008
27. Miedo al tiempo
Suplicó a su padre que pasara por delante una vez más. Él, agotado, pero dispuesto a volver con la niña dormida a casa, dió la vuelta a la rotonda y repitió la procesión por delante del enorme castillo, que despuntaba en el centro de la ciudad, mientras ella, agazapada en la parte de atrás del coche, apretando con fuerza el abrigo entre las manos, miraba de reojo la enorme torre de piedra que desde tan cerca parecía aún más impresionante. Tampoco durmió esa noche.
La niña tiene miedo a las alturas – repetían los especialistas- tiene tanto vértigo que lo siente desde el suelo.
Sólo muchos años después, durante un fin de semana largo y gracias a la devaluación del dólar, descubrío la verdad, impertérrita en lo alto de un rascacielos de Manhattan.
La niña tiene miedo a las alturas – repetían los especialistas- tiene tanto vértigo que lo siente desde el suelo.
Sólo muchos años después, durante un fin de semana largo y gracias a la devaluación del dólar, descubrío la verdad, impertérrita en lo alto de un rascacielos de Manhattan.
martes 20 de mayo de 2008
26. Entreacto
Vale la pena. Para el reproductor de música antes de darle al play o te desquicias con el ops encima.
Visto en el salón de mi casa, donde caben tantas cosas (¡gracias mor!).
Ellos son Vetusta Morla.
viernes 16 de mayo de 2008
24- Espejismos
Una mujer de color (rojo) salta a tiempo el bastón de un señor que se hace el ciego para no verme. Mientras, una maniquí coja (con una sola pata de palo) tiene un letrero clavado en el corazón (pantalones, 15 euros) y yo los miro esquiva mientras intento salir a la superficie. Lo consigo, y doy de bruces con un lugar dónde todas las casas tienen puerta de servicio y los hombres grises van con una bola de preso colgando de la corbata.
Subo el volumen, y aguanto la respiración (como cuando pasas cerca de la fábrica de cerveza) pero no puedo cerrar los ojos si quiero cruzar.
El semáforo ya está en verde.
La mujer de los pantalones naranja y la camisa verde tiene la piel tostada, el pelo recogido a ambos lados de la cabeza, y una sonrisa que le parte la cara en dos. Está jugando muy recta, muy recta y sonriente, a lanzar sus mazas de colores encima de la cabeza, en medio del paso de peatones, andando de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda.
Los conductores la miran, mientras fingen mirar el móvil, el periódico, el navegador.
Los hombres y las mujeres grises le pasan al lado como una manada de elefantes, y no la miran, y no la rozan. Yo busco en mi bolso entre las velas de cumpleaños y las tarjetas de embarque y encuentro en un doblez una moneda extranjera y un poco de arena.
El semáforo empieza a temblar, ella recoge sus mazas y se acerca a los conductores, sonriendo, siempre sonriendo, con la cara partida en dos. Los conductores se sumergen aún más en sus periódicos, móviles, navegadores. Sólo un hombre, encaramado a la cabina de un camión, la mira de arriba abajo con una media sonrisa, asintiendo con la cabeza, y le da unas monedas. Ella, sin dejar de sonreir, hace una reverencia, y se aleja a toda prisa de la carretera.
Yo subo el volumen y echo a correr por entre los coches, con los cincuenta centavos escondidos en una de las líneas de la palma de mi mano.
El semáforo ya está en verde.
Subo el volumen, y aguanto la respiración (como cuando pasas cerca de la fábrica de cerveza) pero no puedo cerrar los ojos si quiero cruzar.
El semáforo ya está en verde.
La mujer de los pantalones naranja y la camisa verde tiene la piel tostada, el pelo recogido a ambos lados de la cabeza, y una sonrisa que le parte la cara en dos. Está jugando muy recta, muy recta y sonriente, a lanzar sus mazas de colores encima de la cabeza, en medio del paso de peatones, andando de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda.
Los conductores la miran, mientras fingen mirar el móvil, el periódico, el navegador.
Los hombres y las mujeres grises le pasan al lado como una manada de elefantes, y no la miran, y no la rozan. Yo busco en mi bolso entre las velas de cumpleaños y las tarjetas de embarque y encuentro en un doblez una moneda extranjera y un poco de arena.
El semáforo empieza a temblar, ella recoge sus mazas y se acerca a los conductores, sonriendo, siempre sonriendo, con la cara partida en dos. Los conductores se sumergen aún más en sus periódicos, móviles, navegadores. Sólo un hombre, encaramado a la cabina de un camión, la mira de arriba abajo con una media sonrisa, asintiendo con la cabeza, y le da unas monedas. Ella, sin dejar de sonreir, hace una reverencia, y se aleja a toda prisa de la carretera.
Yo subo el volumen y echo a correr por entre los coches, con los cincuenta centavos escondidos en una de las líneas de la palma de mi mano.
El semáforo ya está en verde.
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Paula Roth,
Pura coincidencia
sábado 19 de abril de 2008
23- A falta de textos...
Pretextos. En espera de la inspiración o del tiempo perdido les dejo por aquí las intervenciones urbanas de estos brasileños. Visto aquí.


lunes 14 de abril de 2008
22- Lo han vuelto a hacer
He tenido que colgarlo sin remedio. Ya me habían conquistado con el anuncio de los salones (esto no se toca), y con aquel del principio, pero el dinosaurio al horno ha conseguido que definitivamente tenga que ir a por los responsables. Son la agencia de publicidad SCPF.
Si te quedas con ganas de más, puedes mirar esto
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domingo 6 de abril de 2008
lunes 10 de marzo de 2008
20- ¿Y si hubiera elegido la banana?
No puedo evitar un sabor metálico al final de la boca, casi en la garganta, como cuando tomas sacarina con el café.
No es un misterio, la culpa es mía, que dejé de trabajar y abrí el litro de Mahoh demasiado pronto, a las 20 y 10, cuando me enteré de los primeros sondeos. Pasó muy rápido, comenzaron los primeros escrutinios y yo fui a la cocina a localizar la botella de cava catalán. Psoe 172, IU 3, a mí me salían las cuentas, sobre todo por aquel 138 del PP en la parte superior de la pantalla, como dándome ánimos.
No quise escuchar a los más escépticos (realistas), yo quería celebrar y celebraba, probablemente por eso cuando empezó el hundimiento, cuando las cifras de la esquinita superior derecha del televisor empezaron a desplomarse y a crecer en el sentido contrario, y las desganadas banderitas azules comenzaron a agitarse con más fuerza, yo no pude más que presentir una catástrofe.
T llegó tarde y cansado, en plena vorágine electoral."Tranquila, vamos muy bien" me dijo. Venía con los cascos puestos y no se los quitó ni para ir al baño. G se sumergía en su plato de tallarines ansiosa y en silencio. Yo los miraba a uno y a otro alternativamente, cambiaba de canal, pero los numeritos de la pantalla seguían su descenso 170-150, 169-151... T miraba la tele, oía la radio, y dejaba que su cena se enfriara sobre la mesa, yo increpaba a G para que se pronunciara, "están buenos, ¿eh?" contestaba con la boca manchada de nata y sin despegar los ojos de la pantalla.
Cuando Llamazares se despidió, una oleada de inevitable culpabilidad me hizo mirar con rabia el hemiciclo azul y rojo "No es culpa nuestra- me dijo G, que me veía compungida - el juego político". El juego político. Claro que sí, y podía haber sido peor, mucho peor...
De pronto, T se levantó de golpe, con sus auriculares puestos, y llevó los brazos arriba, puños cerrados, en una celebración silenciosa. Nosotras miramos de nuevo la tele, buscando la clave de aquel entusiasmo. Aunque fuera de peligro, la distancia se seguía acortando, así que miramos a T , espectantes, pidiendo una explicación.
Él volvió a sentarse despacio, con una media sonrisa
- ¡Gol del barça....!
En realidad todo el mundo celebraba. R me llamó ya a altas horas, "¡ganamos!" decía, y eso que votó a IU. Yo, que parece que sí que gané, desperté esta mañana sin resaca y me vestí de lunes.
El equilibrista del paso de peatones vino a trabajar como cada día sobre su monociclo.
Encima del luminoso que me orienta a diario (9:04, 5 grados) ya no hay banderola azul.* Sin embargo, Llamazares sigue colgado de las farolas y ZP posado en las ramas de todos los árboles de la calle.
"Somos más"- dice.
Hombre, pues ahí, ahí, andamos. Ahí, ahí.
*Ver post 11
No es un misterio, la culpa es mía, que dejé de trabajar y abrí el litro de Mahoh demasiado pronto, a las 20 y 10, cuando me enteré de los primeros sondeos. Pasó muy rápido, comenzaron los primeros escrutinios y yo fui a la cocina a localizar la botella de cava catalán. Psoe 172, IU 3, a mí me salían las cuentas, sobre todo por aquel 138 del PP en la parte superior de la pantalla, como dándome ánimos.
No quise escuchar a los más escépticos (realistas), yo quería celebrar y celebraba, probablemente por eso cuando empezó el hundimiento, cuando las cifras de la esquinita superior derecha del televisor empezaron a desplomarse y a crecer en el sentido contrario, y las desganadas banderitas azules comenzaron a agitarse con más fuerza, yo no pude más que presentir una catástrofe.
T llegó tarde y cansado, en plena vorágine electoral."Tranquila, vamos muy bien" me dijo. Venía con los cascos puestos y no se los quitó ni para ir al baño. G se sumergía en su plato de tallarines ansiosa y en silencio. Yo los miraba a uno y a otro alternativamente, cambiaba de canal, pero los numeritos de la pantalla seguían su descenso 170-150, 169-151... T miraba la tele, oía la radio, y dejaba que su cena se enfriara sobre la mesa, yo increpaba a G para que se pronunciara, "están buenos, ¿eh?" contestaba con la boca manchada de nata y sin despegar los ojos de la pantalla.
Cuando Llamazares se despidió, una oleada de inevitable culpabilidad me hizo mirar con rabia el hemiciclo azul y rojo "No es culpa nuestra- me dijo G, que me veía compungida - el juego político". El juego político. Claro que sí, y podía haber sido peor, mucho peor...
De pronto, T se levantó de golpe, con sus auriculares puestos, y llevó los brazos arriba, puños cerrados, en una celebración silenciosa. Nosotras miramos de nuevo la tele, buscando la clave de aquel entusiasmo. Aunque fuera de peligro, la distancia se seguía acortando, así que miramos a T , espectantes, pidiendo una explicación.
Él volvió a sentarse despacio, con una media sonrisa
- ¡Gol del barça....!
En realidad todo el mundo celebraba. R me llamó ya a altas horas, "¡ganamos!" decía, y eso que votó a IU. Yo, que parece que sí que gané, desperté esta mañana sin resaca y me vestí de lunes.
El equilibrista del paso de peatones vino a trabajar como cada día sobre su monociclo.
Encima del luminoso que me orienta a diario (9:04, 5 grados) ya no hay banderola azul.* Sin embargo, Llamazares sigue colgado de las farolas y ZP posado en las ramas de todos los árboles de la calle.
"Somos más"- dice.
Hombre, pues ahí, ahí, andamos. Ahí, ahí.
*Ver post 11
jueves 6 de marzo de 2008
viernes 29 de febrero de 2008
18- "Elecciones insólitas"
“No está convencido.
No está para nada convencido.
Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines de nilón, una cafetera garantida, una rubia de costumbres elásticas, o la jubilación antes de la edad reglamentaria, pero sin embargo no está convencido.
Su reticencia provoca el insomnio de algunos funcionarios, de un cura y de la policía local.
Como no está convencido, han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país.
Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente.
Entonces ha dicho: 'En ese caso, elijo la banana'.
Desconfían de él, es natural.
Hubiera sido mucho más tranquilizador que eligiese la cafetera, o por lo menos la rubia.
No deja de ser extraño que haya preferido la banana.
Se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.”
No está para nada convencido.
Le han dado a entender que puede elegir entre una banana, un tratado de Gabriel Marcel, tres pares de calcetines de nilón, una cafetera garantida, una rubia de costumbres elásticas, o la jubilación antes de la edad reglamentaria, pero sin embargo no está convencido.
Su reticencia provoca el insomnio de algunos funcionarios, de un cura y de la policía local.
Como no está convencido, han empezado a pensar si no habría que tomar medidas para expulsarlo del país.
Se lo han dado a entender, sin violencia, amablemente.
Entonces ha dicho: 'En ese caso, elijo la banana'.
Desconfían de él, es natural.
Hubiera sido mucho más tranquilizador que eligiese la cafetera, o por lo menos la rubia.
No deja de ser extraño que haya preferido la banana.
Se tiene la intención de estudiar nuevamente el caso.”
Elecciones Insólitas. Último Round. Julio Cortázar
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Pura coincidencia
jueves 28 de febrero de 2008
17- tiritin tin tin tin...
Sí hombre sí ¿no te acuerdas? era uno muy raro, en la dos ¿cómo se llamaba? era la época de la bola de cristal, y tenía un plató blanco y había un vagabundo con un carro de la compra lleno de libros, o algo así, y a veces daba miedo, yo cambiaba de canal pero volvía a ponerlo, como hipnotizada por aquella musiquita: tininini tititi tininini tititi tininin nin nin nin...
miércoles 27 de febrero de 2008
martes 26 de febrero de 2008
lunes 25 de febrero de 2008
14- ...de un mundo raro.
Soñé que volvía allí, era verano, y me recreaba en el secreto placer de andar calle arriba mientras todos dormían.
La calle me devolvía los olores y los sonidos de entonces, aquellos que se quedaron congelados en mi cerebro. El mundo, ese otro mundo, se movía sin importarle quién era yo, ni de dónde venía, y a mí tampoco me importaba mientras andaba, calle arriba, entre la gente.
Sonidos y olores de invierno en una noche de verano, andando calle arriba mientras también yo dormía.
Fue anoche. Soñé que volvía.
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Paula Roth,
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viernes 22 de febrero de 2008
11- Valores cromáticos
En el barrio de señores grises y puertas de servicio en el que paso unas 10 horas diarias, a la salida del metro, justo detrás del luminoso que utilizo cada mañana para saber si llego tarde y si efectivamente tenía que haber cogido la otra chaqueta (nueve de la mañana, seis grados) han colocado, como estandarte del inicio de la campaña, una enorme bandera vertical asida a una farola en la que se puede leer (o más bien, por su tamaño, no se puede dejar de leer) "VOTA PP".
Esta visión matutina me genera una angustia inesperada. Hasta ahora, y más allá de la inquietud lógica que llevan consigo los comicios, la precampaña me estaba resultando bastante divertida, una amante de la propaganda ingeniosa como soy no podía desdeñar las llamadas de Rajoy para preguntar dónde estoy o la canción del jubilado de moratalaz, pasando por los sofisticados videos de Isabel Coixet o el poema de Benedetti en boca de tantos. Y es que, al fin y al cabo, la campaña electoral no es más que una campaña publicitaria.
Sin embargo, esta ostentonsa exaltación me deja consternada, y me paro a pensar cómo es posible que una sola banderola azul, color que se utiliza en los cuartos de los niños y las consultas médicas por su valor relajante, pueda provocarme esta inquietud, que ni tan siquiera calman el montón de manchitas rojas desperdigadas a lo largo de la calle.
Zapatero me mira, muy poco fotogénico.
Somos más, dice.
Miro a mi alrededor... y tengo mis dudas.
Esta visión matutina me genera una angustia inesperada. Hasta ahora, y más allá de la inquietud lógica que llevan consigo los comicios, la precampaña me estaba resultando bastante divertida, una amante de la propaganda ingeniosa como soy no podía desdeñar las llamadas de Rajoy para preguntar dónde estoy o la canción del jubilado de moratalaz, pasando por los sofisticados videos de Isabel Coixet o el poema de Benedetti en boca de tantos. Y es que, al fin y al cabo, la campaña electoral no es más que una campaña publicitaria.
Sin embargo, esta ostentonsa exaltación me deja consternada, y me paro a pensar cómo es posible que una sola banderola azul, color que se utiliza en los cuartos de los niños y las consultas médicas por su valor relajante, pueda provocarme esta inquietud, que ni tan siquiera calman el montón de manchitas rojas desperdigadas a lo largo de la calle.
Zapatero me mira, muy poco fotogénico.
Somos más, dice.
Miro a mi alrededor... y tengo mis dudas.
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viernes 15 de febrero de 2008
10- Va a amanecer en plena noche (La chicana)
Ummm- dijiste- Qué rico, huele a pipas
A adolescentes en una escalera rodeados de cáscaras chupadas, a partido de fútbol, a tarde de domingo. A qué te olerían a ti las pipas. A mí aquella noche me olía a frío, a campo, a asfalto mojado, igual que aquel día que aterricé por primera vez.
Te miré de repente y eras un misterio, reconfortado con el olor a pipas, pensando quién sabe qué. Muchas veces te veía así y me gustaba pensar que cualquier día ibas a sentarme con gesto solemne y a confesarme que eras el menor de una familia de mafiosos, o que estuviste hace años embarcado en los mares del sur. "Miénteme, cuéntame una de piratas" te dije, pero no me oiste, o fingiste no hacerlo, y seguimos caminando calle abajo silenciosos, en el secreto entendimiendo de dos desconocidos.
Al fin y al cabo, no fue tan mal día.
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Paula Roth,
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miércoles 5 de diciembre de 2007
9- Ya es oficial
lunes 26 de noviembre de 2007
8- Dónde
(Dónde fue que te perdiste)
Alfredo. Repito tu nombre como una oración, como un sortilegio, mientras mi cabeza se mueve sola de un lado a otro, de delante hacia atrás, víctima de su propio peso, hasta que se precipita irremediablemente sobre la taza de porcelana, afortunadamente limpia, afortunadamente blanca.
Hay unos sonidos sordos y rítimicos atornillándose en mi cabeza. Puedo ver claramente lo que ha pasado, aunque no sé si ha pasado en realidad, y cualquiera diría que no ha pasado nada.
Es preciso que alguien conozca la historia desde hace más de 10 minutos, de tres días, de dos meses, para que sea capaz de apreciar la trascendencia de algunos silencios.
Alfredo. Repito mi nombre como una oración, como un sortilegio.
Alfredo. Repito tu nombre como una oración, como un sortilegio, mientras mi cabeza se mueve sola de un lado a otro, de delante hacia atrás, víctima de su propio peso, hasta que se precipita irremediablemente sobre la taza de porcelana, afortunadamente limpia, afortunadamente blanca.
Hay unos sonidos sordos y rítimicos atornillándose en mi cabeza. Puedo ver claramente lo que ha pasado, aunque no sé si ha pasado en realidad, y cualquiera diría que no ha pasado nada.
Es preciso que alguien conozca la historia desde hace más de 10 minutos, de tres días, de dos meses, para que sea capaz de apreciar la trascendencia de algunos silencios.
Alfredo. Repito mi nombre como una oración, como un sortilegio.
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miércoles 21 de noviembre de 2007
7- Paranóica
Una legión de viandantes, armados con paraguas,
me persigue por Madrid para sacarme un ojo.
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Paula Roth,
Pura coincidencia
6- La despedida (2ª Parte)
La calle se desperezaba lentamente, la tiendita de comidas levantaba la reja y los carniceros salían de la cafetería ya con el delantal puesto, el delantal, con aquellas marcas de sangre perennes, que llevaban con tanta naturalidad, pero que tan antinatural resultaba fuera de los límites de su negocio. Lo miró todo con cierta nostalgia, el parque, los bancos de piedra, y sobre todo el callejón que se doblaba sobre sí mismo, esperando, quién sabe, una sorpresa de última hora. Aunque se empeñaba en negarlo, aunque se había encargado de tranquilizar a sus amigos y advertir, absurdo y apocalíptico, a sus enemigos, que volvería, algo en su propia manera de ver las cosas esa mañana le recordaba que el viaje era definitivo. Ella fue la primera y única persona que apareció en el callejón, como si naciera de él, como si hubiera estado agazapada esperando para sorprenderle.
Caminaba despacio, pero decidida, y lo primero que él vio fueron sus zapatos brillantes color granate, que en la distancia le parecieron negros. Era una chica alta, delgada, mayor de lo que aparentaba, y vestía una falda corta con algo de vuelo, que parecía un tutú, y unas medias negras y tupidas. Llevaba, puesta también, la cara de frío, a pesar del abrigo verde que se inflaba sobre su torso. Cuando llegó al banco de piedra del parque, desplegó un periódico, que parecía haber esperado en su bolso una misión desesperada como aquella, y se sentó sobre él sin miramientos. Estaba de punta en blanco, fresca, como recién duchada. Parecería que acababa de levantarse, desayunar y arreglarse para ir a sentarse en ese banco, si no fuera por la carrera casi imperceptible que le hacía la media en el tobillo. La miró a los ojos y supo que la conocía, y, aunque no habría podido asegurar que ella estuviera ahí por él, pensó que tal vez él si estaba ahí por ella, y se acomodó sobre su pared mojada para disfrutar de su último regalo.
Sus piernas, hoy negras y de algodón, se cruzaban bajo el tutú y dejaban a sus manos blanquísimas todo el protagonismo. Miraba despistada el tacón medio despegado de su zapato granate, y parecía estar esperando una foto, o un retrato, tan inmersa en sus pensamientos, moviendo el tobillo y observando el tacón. Es un Degás, pensó él, que de pronto la imaginó de rosa, atándose las bailarinas, doblando como una rama su cuerpo finísimo, no el de ahora, sino el que tenía entonces, aquel que la hacía parecer una niña, a sus 25 años. Era ya tarde para ir a darle un abrazo, cuánto tiempo. Era tarde para que ella se hiciera la sorprendida. Ya ambos se habían observado despacio, ella de hito en hito mientras acariaba el tacón roto. Él, como si asistiera a un pase privado de cine veraniego. Ya se habían reconocido sin sorpresa, como quién descubre algo que siempre estuvo ahí, y aunque no podían saber quién era el otro, después de tantos años, el pasado les otorgó el don de la perspectiva. Él pensó que era una pena lo del baile, pero que las curvas que adivinaba bajo el abrigo verde habían hecho su belleza tridimensional. Luego se vio a sí mismo como ella lo vería en ese momento, adhiríendose lentamente a la pared, y sintió pena y alivio por no poder explicárselo.
El camión de la pescadería interrumpió el encuentro silencioso. Un perro se lanzó a saludarlos aprovechando que su dueño andaba medio dormido, unos metros más atrás. Ella se sintió violenta, allí sentada, observando a aquel hombre que no parecía de fiar, mientras la gente pasaba entre los escasos tres metros que les separaban. Así que se levantó, lo miró de nuevo, con una media sonrisa, y remontó la calle, como los peces, pasándole muy cerca. Él, empapado hasta los huesos, se despegó con cuidado, y se escurrió, calle abajo, por última vez.
martes 20 de noviembre de 2007
5- La despedida (1ª parte)
Respiró hondo y los pulmones se le llenaron de agua
Había llovido toda la noche y las hojas se pegaban al asfalto simulando papel pintado. Mirando desde un balcón se podían apreciar todas las tonalidades de marrones y verdes sobre el alquitrán. Si pintáramos esas hojas sobre el asfalto y pudiéramos pisarlas cada día, los inviernos deprimirían a menos gente. Como aquella vez que alguien pintó pescados de colores en la calle en la que vivíamos, un montón de peces de colores que remontaban la cuesta. Sólo fueron unas horas, a la mañana siguiente la eficiencia municipal lo había dejado todo en orden, pero durante esa noche todos nos bañamos en pleno invierno, en el centro de Madrid. Sobre todo tú, con tus ojos de agua, entre los pescados de colores.
Pero esa ya es otra historia.
Hoy el suelo estaba pintado de hojas de otoño, verdes y marrones, y cuando pasaban las chicas de los tacones de aguja haciendo equilibrio sobre los adoquines se las llevaban pinchadas en los zapatos.
Claro que eso él no lo vió, porque en su barrio no había árboles.
Pero sí se llenó los pulmones de agua cuando salió del portal, casi arrastrando su mochila de acampada. Miró a su alrededor, la calle empezaba a dejar de estar desierta y las paredes antiguas supuraban agua a través de la pintura. Subió unos metros, con dificultad, como si le pesaran los cuatro trapos que llevaba a cuestas, y se detuvo frente a una de las calles que salían desde la suya hacia la derecha. Lo que más le gustaba de su barrio era que las calles serpenteaban, haciendo que fuera imposible ver el otro lado desde uno de los extremos. Eso, aunque sin árboles, le confería cierto aire de bosque misterioso. Se colocó delante del callejón y apoyó lentamente la espalda sobre la pared mojada. Primero los hombros, y luego, poco a poco, el resto, mientras notaba como su abrigo se mojaba y se adhería a la pared. Dejó la mochila en el suelo sabiendo que también iba a mojarse pero no sin pararse a pensar, un segundo, si corría peligro su único libro, que visualizó en la parte alta, entre las camisetas, a salvo. Encendió un cigarro y pensó que se quedaría allí, estampándose en la pared, como el papel pintado y las hojas verdes y marrones que no podía ver en su barrio de callejones serpenteantes, hasta que el agua atravesara el abrigo y el pulóver y le mojara la espalda. Entonces, calado hasta los huesos, sabría que había llegado el momento de marcharse.
(Continuará)
lunes 19 de noviembre de 2007
4- La mía más
Descalificó rápidamente a todos esos tan peludos que engordan sobre cojines de terciopelo, con pelajes de colores imposibles, con cara de rancio abolengo y ropa de persona. Consideró, no obstante, a esas pequeñas bolitas de pelo amarillas como aquel que un día conoció en la sala de espera del veterinario, y aquel, que no conocía pero que le habían dicho que era de algodón rosa, como el de las ferias. Dió un largo vistazo a todos los gatos porteños que había conocido, los que se le acercaban, confianzudos, en los bancos del botánico, los que vivían alimentados por los vecinos en el glamuroso barrio en el que se hospedaba, los que cuando caía la noche tomaban las estatuas y los parques, las marquesinas, los volados de los edificios, las escaleras del subte cerrado, y se quedaban quietos, observándote pasar, organizados, en un secreto homenaje a hitchcock. Valoró también los de patalavaca, que hablaban aleman, y los gatos romanos, que no conocía pero sabía que dormían entre las ruinas, soberanos, y que tenían largos pelos en las orejas, como los linces. Hasta ahí no hubo duda, pero tuvo sus vacilaciones al recordar los gatos amigos, y aquella gris y blanca tan linda que tuvo de chica, y que fue la primera. A esas alturas, los participantes ya campaban a sus anchas por la casa (ya que, al ser domingo, la pereza le impidió buscar otro escenario) colgándose de las cortinas, arañando los sillones, y meando el parqué. Cuando vió entrar la pantera por la ventana del baño no le quedó otro remedio que abandonar su duermevela, despertar a la negra, que ronroneaba sobre su tripa, y llevársela, colgando de su brazo como un gato de trapo, feliz e ignorante de su premio internacional.
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Paula Roth,
Pura coincidencia
viernes 16 de noviembre de 2007
3- Sorpresas matutinas
Alguien anda
por aquí
http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200711.htm#278
y por aquí
http://hermanocerdo.anarchyweb.org/index.php/category/blog/
Alguien,levántate y anda
(leluyaleluya)
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Alguien,levántate y anda
(leluyaleluya)
2- Entre las piernas
Elegir el metro como medio de transporte a hora punta supone no pensar demasiado. Supone vajar al andén medio dormido, cargado con el abrigo y con el bolso, y meterte en un vagón dónde, objetivamente, no cabes (una, dos, tres, padentro). Y una vez dentro aún es peor, la gente, que objetivamente no cabe, sigue entrando, acercándote cada vez más al resto de la gente, aplastándote contra el cristal de la puerta de enfrente. Alguien se sube y me agarra de la cintura, es su única esperanza de mantenerse dentro; no pasa nada, hace tiempo que renuncié a mi espacio vital. Y siguen entrando, algunos incluso se mueven (cintura y hombros) de un lado para otro, para hacerse un hueco entre los cuerpos, como cuando te cuelas dentro de una cama con las sábanas y las mantas prensadas al colchón. Pero luego, tirso de molina, sol, gran vía, tribunal, la gente va desertando poco a poco. Sólo quedamos los que seguimos la excursión hasta Plaza de Castilla (qué buenas son las monjas del colegio). Allí, con nuestra ropa de domingo, nos entrenemos cada cual como podemos, mirando al de enfrente, leyendo por encima del hombro el períodico gratuito del de al lado, acechando a ver quien será el próximo en levantarse de su asiento para correr a por él.
Todos, sentados o de pie, mantenemos las piernas entreabiertas y el pequeño paquete bien sujeto con los tobillos.
Lo más socorrido es la bolsa de cartón, aunque también los hay con tarteras de diseño o mochilas de propaganda. Yo me acuerdo del recreo, y de la talega rosa y blanca, aquella de la cintita que ponía "mi merienda", dónde llevabábamos el sanwich de nocilla, cuando tocaba, y si no de chorizo, o jamón y queso. Pero, ah, cuando tocaba nocilla.
También yo llevo mi almuerzo correspondiente, bien colocado en la bolsa del zara, y también, como el resto de mis compañeros de viaje, disfruto de la pequeña diversión que consiste en espiar las bolsas de los vecinos: taperwares de tortilla, bocadillos envueltos en platina, ensaladas prefabricadas, barritas de biomanán. También a mi me espían, también los demás husmean entre mis piernas, buscando algo para pasar el rato, y ya vamos por Tetuán.
Hoy llevo petisuí fresa-plátano. Soy la envidia del recreo.
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Paula Roth,
Pura coincidencia
jueves 15 de noviembre de 2007
1- ...tan gratos para conversar
Ahora que la nostalgia apremia, que el verano se dió por vencido y madrid se cae a cachos sobre las aceras, que todas las mañanas tirso de molina, sol, gran vía, tribunal (bilbao, iglesia, rios rosas, cuatro caminos, alvarado, estrecho, tetuán, valdeacederas, y por fin plaza de castilla). Ahora que peleo en el metro por un asiento con los ojos entrecerrados, que llego al barrio de los hombres grises pero no soy momo, y hay también mujeres grises, y hasta yo resulto un poco gris de camino a mi oficina blanquísima. Ahora que las ilusiones se agolpan aporreando las ventanas y les abro la puerta (están hartas de esperar) y las recibo y las invito a un café, y discutimos durante horas los pormenores. Entonces regreso con una sonrisa a pesar de que es de noche y hace frio, a pesar de que no llueve nunca, a pesar de que no huele a mar. A pesar de que, ahora, mi imagen de la felicidad es, entre otras, sentarme en un bar a alegar (me reservo los detalles) cualquier noche de martes o miércoles, o jueves, sin el apremiante peso de la tarjeta de embarque en el bolsillo. Ahora, que me apetece, voy a intentar este blog (de notas)
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